Resumen de la 4ta semana de la guerra de agresión contra Irán y el Eje de la Resistencia
22 al 28 de marzo de 2026
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El caos es de esos términos que disponen de innúmeras definiciones, directas e indirectas, escolásticas y paganas. Por ejemplo, directamente: "Caos es un orden aún no descubierto" o "Caos es la condición necesaria inicial de todo Kosmos". Indirectamente: "El orden del mundo no es el mundo ordenado" (frase atribuida a Martin Buber) o "El caos no halla lugar en el orden de los cementerios".
Sin embargo, si tratamos de abordar este tema desde una perspectiva menos abstracta, más incluso física, podríamos decir que vivimos el caos cuando no logramos distinguir adentro de afuera. Cuando nos es imposible saber dónde queda arriba y dónde queda abajo. Habrá quien identifique tal estado con la embriaguez alcohólica, la borrachera, así como quien señale la resaca, el guayabo, como ejemplo de tal incómoda sensación.
Ahora bien, más allá de analogías, no considero exagerado afirmar que durante la cuarta semana de la guerra contra Irán —del 22 al 28 de marzo de 2026—, el mundo entero pareció habitar ese estado.
Los misiles iraníes que impactaron en Dimona y Arad demostraron que las defensas israelíes no son el escudo infalible que se creía; y que, además, las plantas nucleares israelíes están a tiro de misil iraní. Es decir, que es sólo cuestión de voluntad causar un desastre nuclear allí, sin necesidad de poseer armas nucleares.
Por otra parte, los bombardeos estadounidenses y británicos sobre Yemen abrieron un frente que se suponía cerrado, al menos por ahora. Súmenle a eso, sin ánimo de introducir cuestiones metafísicas aquí, las bandadas de cuervos sobre Tel Aviv, que desataron augurios de destrucción y "abandono de los dioses", mientras los ornitólogos occidentales justificaban el fenómeno atribuyéndolo a rutas migratorias que estas aves buscan siempre en estas temporadas.
Centrémonos, por un momento, en el Golfo Pérsico. Esa masa de agua rodeada por costas de 8 países (Irán, Irak, Kuwait, Arabia Saudita, Qatar, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos y Omán) , que durante décadas fue sinónimo de riqueza y estabilidad —la fuente del petróleo que mueve al mundo, el hogar de las megalópolis de cristal y evasión fiscal, construidas en medio del desierto— se ha convertido, durante esta cuarta semana, en el epicentro de un terremoto que nadie podría haber predicho. Lo que antes era una región inestable pero funcional, donde los negocios, legales o no, fluían pese a las disputas de fondo, es ahora el foco de atención de los medios mundiales y, a la vez, el ejemplo más nítido de cómo el caos puede contagiarse sin aviso. Cada bomba que cae sobre una refinería en Kuwait, cada misil interceptado sobre los rascacielos de Dubái, cada comunicado de guerra que anuncia un nuevo frente, erosiona la certeza de quienes habitan allí. Y si los propios habitantes del Golfo —los más directamente afectados— están haciendo lo posible por no caer en la angustia de la incertidumbre, ¿qué nos queda al resto, que miramos desde la comodidad de nuestras pantallas?
Porque el caos, como la resaca o la borrachera, no es solo una experiencia individual. Es colectiva. Y cuando una región entera se tambalea, el vértigo se siente en todo el planeta. El petróleo no entiende de fronteras. Los misiles, tampoco. Y los augurios, aunque los ornitólogos los expliquen con ciencia, calan hondo en el imaginario de quienes ya no saben distinguir el adentro del afuera, el arriba del abajo.
2. La semana en siete días: vertiginoso repaso
El caos no es un concepto, es una experiencia. Se recorre, se transita. Día por día, acontecimiento por acontecimiento, sin pretender ordenar lo que se resiste a ser ordenado.
Domingo 22 de marzo. Dos misiles iraníes impactan en Dimona y Arad, en el sur de Israel. Las defensas aéreas, consideradas infalibles, fallan. Israel admite que no pudo interceptarlos. En Dimona está el reactor nuclear israelí. El mensaje de Irán es claro: pueden llegar hasta allí cuando quieran. No necesitan la bomba atómica para causar una catástrofe atómica.
Lunes 23 de marzo. Trump anuncia un ultimátum de 48 horas a Irán: o reabren el estrecho de Ormuz, o Estados Unidos "aniquilará" sus plantas eléctricas, empezando por la más grande. Horas después, se revela que Pakistán, Turquía y Egipto están mediando en secreto. La amenaza y la negociación avanzan en paralelo, como dos trenes que van hacia el mismo precipicio.
Martes 24 de marzo. El precio del petróleo supera los 110 dólares por barril. Las economías asiáticas —India, Corea del Sur, Japón— empiezan a racionar combustible. Filipinas declara una emergencia energética nacional: tiene 45 días de reserva. Dubái, el paraíso fiscal que se creía inmune a las tormentas, es alcanzado por “escombros” de misiles (sus mejoras defensas antiaéreas parecen ser los tejados de las construcciones golpeadas). La ilusión de la burbuja en el desierto se rompe.
Miércoles 25 de marzo. Miles de cuervos sobrevuelan Tel Aviv. Los ornitólogos hablan de migración; el pueblo, de malos augurios. Un ataque cibernético iraní deja sin electricidad a decenas de miles de israelíes. La guerra ya no es s´lo misiles´, eso está claro; es también el colapso de la certeza de que la luz se encenderá al apretar un interruptor.
Jueves 26 de marzo. Israel confirma el asesinato del comandante naval Alireza Tangsiri, responsable del bloqueo del estrecho de Ormuz. Pero Irán no se derrumba. Al contrario, intensifica sus ataques. El "efecto decapitación" —la estrategia de matar líderes para que el enemigo se desmorone— vuelve a fallar. Como ha fallado en Irak, en Afganistán, en Vietnam. ¿Será que esta estrategia termine aplicándose en EEUU o en Israel, por parte de facciones internas?
Viernes 27 de marzo. Irán denuncia ante la ONU el bombardeo de una escuela en Minab como "crimen de guerra". Las cifras de víctimas son contradictorias: los medios occidentales hablan de decenas, los iraníes de más de 175. La verdad, como tantas veces en esta guerra, se ahoga en la niebla de la propaganda. Lo que está clato: EEUU no ha demostrado en ningún momento intención alguna de siquiera identificar a quienes dieron la orden de ese ataque. Eso es un buen ejemplo de cinismo.
Sábado 28 de marzo. Mientras las bombas caen sobre Oriente Medio, más de 900.000 personas protestan en Estados Unidos contra la guerra. Las marchas "No Kings – Tercera edición" recorren los 50 estados. El frente interno se agrieta mientras el externo se expande. Pakistán anuncia que las conversaciones indirectas entre Washington y Teherán darán paso a negociaciones directas "en los próximos días". La guerra y la paz avanzan juntas, sin encontrarse. Pero, entremedias, hay otra opción: el caos, que no es ni guerra ni paz, simplemente inestabilidad en un contexto rápidamente cambiante.
3. Juanito, el mejor estudiante que quiso ser historia
A veces, para entender lo que ocurre en el mundo, conviene mirar lo que ocurre en el patio de una escuela.
Juanito fue, durante años, el mejor estudiante de la clase. Sus calificaciones eran impecables, sus premios, incontables. Logró marcar un récord nunca alcanzado por estudiantes previos. Los profesores lo ponían como ejemplo. Sus compañeros lo admiraban. Pero algo cambió en la adolescencia. Juanito perdió interés por los libros, por las tareas, por aprender. Empezó a llegar tarde, a copiar en los exámenes, a pasar más tiempo con nuevas amistades que con los estudios. Sin embargo, Juanito no perdió el interés por su récord. No soportaba la idea de que alguien pudiera igualarlo o superarlo. Así que, con ayuda de sus nuevas amistades, empezó a sabotear a sus compañeros.
Les escondía los apuntes, les rompía los lápices, les metía ruido durante los exámenes. Incluso, llegó a amenazarlos en el baño, y hasta herirles ambas manos para impedir que pudieran escribir las respuestas. No le importó que sus notas cayeran en picada. Su récord no podía ser superado; es decir, nadie entre los demás debía tener cómo alcanzarlo.
Un día, la directora lo llamó a su despacho. "Juanito", le dijo, "tus notas han bajado muchísimo. ¿No te das cuenta de que lo que haces te daña a ti más que a nadie?" Juanito la miró y respondió: "Señora, yo ya fui el mejor. Eso nadie me lo quita. Y si yo no puedo volver a serlo, que nadie lo sea". Al llegar a su casa, la directora vio un mensaje nuevo en su bandeja: “Deje en paz a Juanito —decía el Asunto del correo— si no quiere perder su trabajo ni su familia”.
Esta historia no es sólo sobre un estudiante. Es sobre la lógica de un imperio que, al no poder asegurar su propia prosperidad, prefiere arruinar la de los demás. Es sobre la estrategia de quien prefiere el caos al control. Es sobre la ceguera de quien cree que, si todos pierden, él no puede ser señalado como el perdedor.
4. ¿Guerra de agresión o estrategia de caotización?
Llevamos cuatro semanas analizando esta guerra. Hemos hablado de misiles, de diplomacia, de petróleo, de augurios. Pero quizás hemos estado haciendo la pregunta equivocada. No se trata de quién va a ganar. Porque puede que ganar no sea el objetivo.
La hipótesis que emerge al observar la cuarta semana es incómoda pero coherente: Estados Unidos no está librando esta guerra para ganarla. Está librando esta guerra para impedir que otros ganen.
Es la lógica de Juanito llevada a la geopolítica. Si no puedo ser el hegemón indiscutible, al menos aseguraré que nadie más lo sea. Si no puedo controlar el estrecho de Ormuz, al menos lo volveré tan peligroso que nadie pueda usarlo con tranquilidad. Si no puedo garantizar la estabilidad global, al menos exportaré caos para que mis competidores también ardan.
No es "divide y vencerás". Es "divide y caotiza". No se busca gobernar sobre lo vencido, sino impedir que haya vencedores. El saqueo no requiere administración: requiere desorden. Y el desorden, paradójicamente, puede ser más rentable que la conquista: las armas se venden más caras, el petróleo sube de precio, los capitales huyen hacia paraísos controlados y la deuda estadounidense se emite en momentos de pánico global.
Pero hay un problema con esta estrategia. El caos, una vez liberado, no respeta a quien lo invoca. Los cuervos no preguntan de qué bando son antes de sobrevolar una ciudad. Los misiles no distinguen entre refinerías enemigas y aliadas. Las protestas "No Kings" no estallan sólo en los países de enfrente; estallan también en casa.
Juanito, al final de la historia, se quedó solo. ¿Será que sus nuevas amistades resuelvan abandonarlo cuando dejó de tener utilidad y capacidad? ¿Será que sus compañeros, a quienes saboteó, aprenderán a trabajar en equipo o, al menos, a no dañar al vecino por miedo a que le colabore al enemigo invasor externo? Y la directora (dígase la ONU), ¿acaso reviste alguna importancia, cuando no es ella la que puede evitar que Juanito logre que no haya quien se compare con sus pretéritos logros?
5. Cierre: ¿Qué valorar en un mundo caótico?
Si esta guerra nos ha enseñado algo en cuatro semanas, es que las certezas son el primer lujo que se pierde cuando empiezan a caer las bombas.
La certeza de que las defensas israelíes son infalibles se desmoronó en Dimona y Arad. La certeza de que Dubái era un paraíso blindado se desvaneció con los escombros de los misiles. La certeza de que Estados Unidos puede controlar el caos que siembra se ha vuelto, cuando menos, discutible.
En un mundo así, ¿qué queda? ¿Qué valorar?
Quizá la respuesta está en lo más simple y lo más difícil: la confianza en quienes nos rodean.
No la confianza ingenua, la que se da por sentada. Sino la que se construye en la adversidad, la que se prueba en el desorden, la que sabe que, si me peleo con mi vecino por una tontería, el que gana es el que quiere quedarse con el edificio entero.
Los países del Golfo confiaron durante décadas en su alianza con Estados Unidos. Esta semana, vieron sus refinerías arder mientras sus "aliados" no podían hacer nada para evitarlo. Irán confía en sus propias fuerzas y en la red de resistencias que ha tejido durante años. Hasta ahora, esa confianza le ha permitido resistir un mes de bombardeos sin colapsar. Europa confió en que la guerra en Medio Oriente no la afectaría. Hoy raciona combustible y discute si liberar reservas estratégicas de petróleo.
La confianza no es un lujo. Es una estrategia de supervivencia. Y en un río revuelto, los pescadores no son sólo los que tienen las redes más grandes, sino los que saben remar juntos.
Reclus, el geógrafo que citamos al inicio de nuestro anterior resumen, creía que la ayuda mutua era el principal agente de progreso del hombre. Cuatro semanas de guerra nos han recordado que la ayuda mutua también es el principal agente de la resistencia.
En esta cuarta semana no terminó la guerra. Tampoco la acercó a una solución. Lo que hizo fue revelar, con crudeza, la lógica que la sostiene: no la victoria, sino el caos; no la conquista, sino el sabotaje; no el orden, sino la imposibilidad de que cualquier orden alternativo se consolide.
Pero el caos no es eterno; y, si tenemos en cuenta lo dicho al comienzo, puede ser la antesala de un orden duradero. En otras palabras, suele ocurrir que el río, después de la tormenta, vuelva a su cauce. Y los pescadores que sólo saben pescar en aguas turbulentas, cuando la calma regresa, se quedan sin peces; y rodeados de enemigos.
El caos no distingue. Pero el caos es buscado por quienes buscan sacar beneficio de las disputas ajenas. ¿Debe decirse algo más? Que sea Irán quien nos demuestre por qué es importante mantener una cohesión interna, opuesta a la que cada vez es menos clara en Israel o en Estados Unidos de América.
Perdón que repita, pero esta historia no es sólo sobre un estudiante. Es sobre la lógica de un imperio que, al no poder asegurar su propia prosperidad, prefiere arruinar la de los demás. Es sobre la estrategia de quien prefiere el caos al control. Como si Messi decidiera romperle las piernas a toda futura promesa, para evitar que haya quien lo supere...
Es sobre la ceguera de quien cree que, si todos pierden, él no puede ser señalado como el perdedor.