1. Entrada: reconocer la trampa
A veces, yo también he confundido mi percepción de la realidad con lo que es la realidad (en toda su inconmensurabilidad). No me refiero a verdades abstractas o teologales. Me refiero a lo más simple: creer que porque algo parece no afectarme directamente, no está pasando. O peor: creer que porque me lo han contado de cierta manera, así es como ocurrió.
Esta semana, mientras el mundo miraba hacia Isfahán, yo también estuve a punto de caer en esa trampa. Los titulares de las grandes empresas ‘informativas’ occidentales hablaban de un avión derribado, de pilotos perseguidos, de precio puesto a su cabeza y de un rescate heroico. La historia tenía todos los ingredientes de una película de acción: héroes, villanos, tensión, final feliz. Y yo, como tantos, estuve a punto de dejarme llevar.
Por eso quiero empezar reconociéndolo: no escribo desde una atalaya moral. Escribo desde el barrio, mi barrio, el que llevo habitando ya unos 15 años. Y desde este barrio, lo único que puedo hacer es intentar ver con claridad. Aunque cueste y duela. Aunque incomode y se sume a las ya numerosas obligaciones cotidianas. Aunque nadie me lo haya pedido.
2. Lo que ocurrió mientras no mirábamos
Mientras las cámaras apuntaban a Isfahán, esto es lo que ocurrió:
Ucrania: El presidente Zelenski admitía con amargura que su país "ya no es la prioridad" de Occidente. La guerra en Medio Oriente ha desviado la atención, los recursos y la voluntad política. Desesperado, Zelenski ofreció drones a las petromonarquías del Golfo a cambio de misiles antibalísticos. Ucrania, que alguna vez fue el símbolo de la resistencia occidental, ahora mendiga apoyos donde difícilmente será atendido (a fin de cuentas, no es que esté ganando su guerra).
Cisjordania: La huelga general contra la ley de pena de muerte contra todo condenado palestino por terrorismo (aprobada el 30 de marzo de 2026 por el parlamento, o Knesset, israelí) paralizó ciudades enteras. Los palestinos salieron a la calle para protestar contra una ley israelí que no se aplica a los israelíes que matan palestinos. Mientras tanto, los colonos siguieron despojando y atacando con impunidad a los habitantes de Cisjordania, amparados por la fuerza bélica que justifican desde su supremacismo anacrónico.
Gaza: Los bombardeos israelíes continuaron día tras día. Los muertos, como cada semana, sumaron decenas. Las ambulancias, como cada semana, no dieron abasto. El alto el fuego (establecido desde octubre de 2025), como cada semana, fue una ficción. Desde que comenzó la guerra contra Irán, hace ya más de un mes, al menos 50 palestinos han muerto en Gaza. La cifra total desde octubre de 2023 supera los 72.000. (Otras fuentes, menos pro-occidentales, decuplican tal cantidad. Véase lo que denuncia Francesca Albanese)
Líbano: Los ataques israelíes se intensificaron. El saldo de víctimas desde el 2 de marzo supera los 1.400 muertos y los 4.300 heridos. Más de un millón de personas han sido desplazadas. Hezbolá respondió, pero la asimetría es brutal: Israel tiene la superioridad aérea; Líbano tiene un gobierno dispuesto a entregarse con tal de no ceder su lugar al Partido de Dios (nombre en español de Hezbolá).
Irán: No todo era resistencia militar. Miles de personas salieron a las calles en varias ciudades —no para protestar contra su gobierno, como algunos medios insinúan, sino para apoyar la resistencia contra la agresión extranjera—. Eso también ocurrió. Eso también es real. No encaja en la narrativa de "el pueblo iraní se manifiesta contra el régimen de los Ayatolás que lo oprime". Quizás en Teherán la favorabilidad de sus gobernantes es mayor que la que, en Washington, entre sus habitantes, tiene la actual administración Trump. Que se sepa, aún no ha habido en todo el territorio estadounidense ninguna manifestación a favor de la guerra de agresión contra Irán. Más bien, crecen las críticas ante la posibilidad de que el actual gobierno tenga como prioridad los intereses de la camarilla que gobierna Israel, en lugar de preocuparse por las necesidades de la población con pasaporte y residencia de Estados Unidos.
Y mientras tanto, en el mundo: Se acercan elecciones generales en Benín, Hungría y Perú. Como las que hubo el 15 de marzo en la República del Congo, es probable que no tengan mayor repercusión en los grandes medios occidentales. Porque no hay misiles en esos países. No hay pilotos que rescatar. No hay espectáculo.
Todo esto ocurrió mientras la atención del mundo se concentraba en Isfahán. No fue un accidente. Fue una elección.
3. Película para Semana Santa: "Rescate en Isfahán"
El Jueves Santo, mientras algunos conmemoraban la Última Cena, el gobierno de Estados Unidos estrenó su propia película de acción. Por título, aunque no explícito, se llamó: “Rescate (imposible) en Isfahán”. El argumento es sencillo: dos pilotos valientes son derribados en territorio enemigo. Hordas de perseguidores (con turbante, hablando al revés) los acechan. Pero el comandante en jefe, audaz y decidido, ordena un rescate masivo. Cientos de soldados de élite, decenas de aeronaves, una coreografía digna de Hollywood.
Final feliz: los pilotos a salvo, la bandera ondeando, el héroe (Trump) dando la rueda de prensa triunfal.
La película tiene todo lo que el público necesita: acción, solidaridad, valentía, arrojo, generosidad gubernamental. Y sobre todo, tranquilidad: no ha pasado nada malo. Los nuestros están a salvo. La guerra va bien. Seguimos dominando la iniciativa estratégica.
Lo que la película no muestra, claro, es lo que ocurre fuera de plano. Los cuerpos bajo los escombros. ¿Por qué poner en riesgo 200 soldados para rescatar dos pilotos? Las refinerías ardiendo. Los niños muertos en Líbano. Las huellas de dos aviones Hércules convertidos en chatarra calcinada. Pero eso no vende entradas. Eso no da clics. Eso no mantiene tranquilo al público.
Y el público, hay que decirlo, quiere estar tranquilo. Así es más fácil consumir (consumirse en el consumo). No necesita anestesia. Necesita una razón para no preocuparse. Y la película se la da.
4. Datos previos y lo que puede venir
Antes de que empezara la función, conviene recordar algunos datos que la película no menciona:
Isfahán ya había sido atacada esa misma semana. Incluso su aeropuerto civil fue bombardeado. La región no era territorio virgen.
La guerra llevaba semanas golpeando esa zona. Pero eso no importa en la película. Lo que importa es el rescate, no el contexto. Lo que importa es venderse como víctima rodeada de salvajes, no presentar al piloto como operador de una máquina de guerra capaz de matar a decenas de inocentes.
El estrecho de Ormuz sigue cerrado. En el último mes, no han logrado cruzarlo, sumados, ni los buques que solían pasar en un solo día. Por algo nadie en Occidente quiere hablar de ello. Porque no hay película posible sobre un atasco marítimo. No hay héroes. No hay villanos. Sólo hay una crisis energética (y próximamente alimentaria) que nadie sabe cómo resolver. Y cuyas consecuencias, mientras la película dure, nadie quiere calcular. Repito: no es anestesia, es comodidad: “Estás en el bando correcto, pese al alza del combustible de tu carro, la comida de tu plato y los fertilizantes de los cultivos que deben garantizar que no pasaremos hambre, todo va a estar bien. Confía en el sueño que te ofrecemos”:
Mientras tanto, en el Sudeste Asiático, las consecuencias reales de la guerra ya se sienten. Tailandia, Vietnam, Filipinas han empezado a racionar combustibles. No es una simulación; puede ser el primer paso antes del “confinamiento energético”. Tampoco es un videojuego. Es la vida real, así nuestra percepción no conciba eso posible. La gasolina cuesta más. La comida cuesta más. Los fertilizantes cuestan más. Y eso, aunque no salga en la película, afecta a millones de personas, en Irán, en Estados Unidos, en todos aquellos países que hayan abrazado la ilusión del ‘sueño americano’.
La película mantendrá esperanzadas a las bolsas durante el fin de semana. Pero el lunes, cuando los mercados abran, los precios del petróleo seguirán altos. Las refinerías, ardiendo. El estrecho, cerrado. Y las versiones de cada bando —la estadounidense y la iraní— volverán a enfrentarse en los titulares.
Mientras tanto, el público debe seguir tranquilo, con un fin de semana entretenido. Y eso, quizás, es lo más inquietante de todo. Porque no se trata de empuñar un arma y salir a romperse la madre con quien esté en desacuerdo. Todo lo contrario. Cada vez es más claro que, ante la película que nos quieren vender, debemos organizarnos a partir de nuestra propia información, nuestros propios saberes y recursos, porque nadie, ni en Holywood ni entre el público, vendrá a reconocernos como “pilotos” en busca de urgente rescate.
5. Cierre: ¿Fue sólo un espectáculo?
Esta semana, para el público habitual de Occidente, no hubo alarmas ni alertas. En la película que el gobierno de Estados Unidos (independientemente del partido) viene contando desde hace décadas, en este capítulo semanal tampoco pasó nada que deba realmente causar preocupación.
Eso de que la gasolina, los alimentos y los fertilizantes se hayan encarecido es algo transitorio, ¿no? Ya volverán a bajar. Ya todo volverá a la normalidad.
El espectáculo de la guerra —y en ello radica su peligrosidad, su potencial destructivo— busca imponerse como nuestra percepción de la realidad. Con el agravante de que tiene un impacto que, en términos de número de víctimas, podría exceder el de una bomba nuclear.
Porque la bomba mata cuerpos. El espectáculo mata la capacidad de ver, de entender, de emprender acciones para evitar afectaciones. Y sin esas capacidades, no hay motor ni causa que impulse la acción. Sin acción, no hay resistencia. Sin resistencia, la guerra puede prolongarse indefinidamente, mientras el público aplaude en el sofá.
Las consecuencias, si seguimos este camino, son claras: seguiremos escuchando mansamente a los músicos mientras el crucero se hunde. Un crucero construido por la narrativa cinematográfica y mediática de Estados Unidos (y sus vasallos) desde hace décadas. Un crucero cuyo mástil se llama sueño americano.
La pregunta no es si el espectáculo es real o falso. La pregunta es: ¿qué estamos dejando de ver mientras lo miramos? ¿Y qué vamos a hacer cuando nos demos cuenta de que el crucero ya está hundiéndose y nosotros seguimos como si nada?
Porque el crucero se hunde. Las refinerías arden. Los niños mueren. El estrecho sigue cerrado. Y nosotros, mientras tanto, miramos la película, convencidos de que el inverosímil protagonista nos representa.
Si vivimos al día, poco tiempo nos queda para contrastar versiones. Quizá nuestra guerra es algo que concebimos como algo muy individual; y por ser tan personal, no notamos que vendría bien desconectarse del relato que nos vienen repitiendo y reconocer que una mejor opción podría estar en reconocer nuestra capacidad de crear, colectivamente, nuestra propia película, así no tenga tantos “efectos especiales” ni personajes capaces de superar la percepción que tenemos de nuestra realidad.
Gracias por leer hasta acá. Si te gusta, comparte y comenta, para que esto no se quede como un mero desahogo documentado.