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Así la guerra termine mañana

Resumen de la semana del 12 al 18 de abril de 2026

1. Reconocimientos

Esa semana estuvo en la ciudad que habito alguien a quien estimo y admiro mucho. No mencionaré su nombre para no endilgarle gratitudes o discrepancias. Sólo diré que llegó del país europeo donde vive desde hace más de una década, una nación que suele figurar en los rankings de calidad de vida de forma habitual, desde antes de que yo naciera (nací a comienzos del último cuarto del siglo pasado). Para que se entienda mejor lo que quiero compartir contando debo agregar que mi encuentro con esta persona tuvo bastante de coincidencial. Llevaba esta persona varios días en la ciudad; y, por razones que desconozco y por las que no le pregunté, no me avisó de su presencia. Igual nos vimos. Y conversamos al calor de un buen café sudamericano. Dos cosas me llamaron de inmediato la atención al contrastar la imagen que tenía de esta persona (la última vez que le vi fue hace por lo menos un año) con la que tuve al frente, al encontrarlo. Lucía mayor delgadez. Tanto así que le pregunté por "su secreto", amistosamente, dándome dos golpecitos en la panza que me salió durante los confinamientos de la pandemia de 2020 y, desde entonces, no se ha querido ir. Lo otro que me llamó la atención fueron sus ojos, su mirada, su huidiza mirada. Sólo en momentos muy puntuales logramos hacer contacto visual directo. La mayor parte del tiempo, su mirada permaneció clavada en algún lugar sobre el piso.

Dada la “coincidencialidad” de nuestro encuentro, supe desde el primer momento que no sería mucho el tiempo del que dispondríamos para conversar. Así que empecé a contarle de mis cuitas, no buscando su compasión, sino tratando de decirle: «El postre viene al final; lo que estoy contando es apenas la entrada». Le mencioné que me alegraba saber que mi actual contrato laboral iría hasta julio, pero que nada garantizaba que me volvieran a contratar, ya que me estaban poniendo a hacer lo planeado para el año entero antes de que los precios de ciertos insumos se volvieran más caros. También le mencioné que había estado acompañando a mi mamá, más que al médico, a las instancias encargadas de autorizar y entregar los medicamentos. Allí las sillas en la sala de espera son bastante peleadas. Igual mi mamá, mientras la acompaño, me cuenta sus historias y eso hace que el tiempo en esas poco hospitalarias instalaciones pase leve.

Se acabó el primer café. Vino una agraciada señorita con delantal a preguntarnos si queríamos pedir algo más. Mi interlocutora no levantó la cabeza. Musitó, de forma audible: «Por mí está bien». Yo aproveché. «Otros dos cafés», ordené conociendo los precios y sabiendo que tenía con qué responder. La otra persona levantó de repente sus ojos, encontró mi mirada.

—Hay que dejarse atender —le dije, para que no olvidara que había también nacido en esa ciudad.

Mientras nosotros hablábamos de contratos que vencen en julio y de salas de espera con sillas peleadas, el mundo seguía girando. Y giraba a la velocidad de un péndulo enloquecido: de la amenaza a la tregua, de la euforia bursátil al anuncio del bloqueo, de la promesa de acuerdo inminente a la de inminentes bombardeos.

Lo que sigue es un repaso de esa semana, la del 12 al 18 de abril de 2026, sin demasiado adorno. Si la incluyo aquí es porque sirve para entender la conversación que tuve (y que aún resuena en mí) con aquella persona a quien todavía aprecio y admiro tanto.

2. Lo que pasó en el mundo mientras tomábamos café

Porque el mundo, mientras tanto, siguió girando a la velocidad del péndulo. Domingo 12. Viktor Orbán pierde el poder en Hungría. Recibió a JD Vance antes de las elecciones y su intención de voto se desplomó. ¿Casualidad? El dato frío: Magyar obtiene el 53% y una mayoría de dos tercios en el parlamento.

Lunes 13. Fracasan las negociaciones de Islamabad. Horas después, Trump anuncia el bloqueo naval contra Irán. El petróleo se dispara. El Papa lo llama "piratería". Trump lo insulta en Truth Social. En el mundo actual, ¿hay más trumpistas o católicos?

Martes 14. El bloqueo naval de EE. UU. contra Irán se implementa. Buqees petroleros iraníes logran evitar lo que las amenazas de Trump establecen. Los mercados, sin embargo, suben: la esperanza de nuevas conversaciones los tranquiliza. El casino necesita, de vez en cuando, algún respiro.

Miércoles 15. La Agencia Internacional de la Energía informa que los flujos por el estrecho de Ormuz se han reducido de 20 millones de barriles diarios a 3,8 millones. Es un colapso del 81% que empezó no con el bloqueo, sino con la guerra misma, el 28 de febrero, es decir, ya lleva 44 días.

Jueves 16. Trump anuncia un alto el fuego de diez días entre Israel y Líbano. También dice que Irán aceptó entregar su uranio enriquecido (le faltó decir que pronto lo nombrarán Ayatola). El secretario de guerra estadounidense, P. Hegseth amenaza con "bloqueo y bombas" si no hay acuerdo. Netanyahu mantiene una "zona de seguridad" de diez kilómetros en territorio libanés, pero está claro que, tan pronto sus golpeadas fuerzas en Líbano puedan, recomenzarán la ofensiva contra “la amenaza de Hezbollah.

Viernes 17. Irán anuncia la reapertura del estrecho de Ormuz, condicionada a la vigencia de la tregua en Líbano. En el Parlamento de la Repúblca Islámica ya se discute un proyecto de ley para darle sustento legal (nacional e internacional) al control que Teherán establecerá en el tránsito por ese estrecho. Trump lo celebra en Truth Social y, al mismo tiempo, mantiene el bloqueo contra el comercio marítimo iraní. El petróleo adelgaza un poco su precio, cual si sufriera ansiedad. Las bolsas estallan de euforia, pese a que las alzas como tal tampoco son para echar cohetes. Se celebra la tendencia (cortoplacisticamente optimista), no el aumento real cuantitativo.

Sábado 18. La calma tensa. Irán advierte que si se rompe la tregua, el estrecho se cierra de nuevo. Los equipos técnicos de ambas partes se reúnen en Islamabad, sin los jefes de delegación. India envía una misión diplomática de emergencia a la región. Hungría confirma los resultados oficiales: Orbán es historia.

3. Inventario de pérdidas sentidas

El resumen geopolítico de esta semana ofrece nuevas pistas, pero no menciona lo que se viene acumulando desde hace meses, si no desde hace años, que ha ido poco a poco, como una hormiga troceando la hoja de un árbol, royendo importantes certidumbres; además sin pausa: lo que la mirada huidiza, en una persona querida y admirable, puede involucrar.

¿Qué vi en esa mirada? Vi, primero, la seguridad material duramente maltrecha. No hablo de la pobreza extrema —que también existe y es urgente— sino de esa zona intermedia donde habita mucha gente que hasta hace poco se sentía a salvo, tranquila al creer que pertenecía la “bando ganador”. Con quien me reencontré no me dijo «tengo miedo de que me sobre cada vez más del mes al final de cada sueldo». Pero yo le había contado lo de mi contrato que vence en julio, lo de los insumos que mi empleador quiere adelantar antes de que suban los precios. Y si él no me respondió con su propia versión, no fue por falta de confianza: fue porque su versión era demasiado parecida a la mía. Me explico: esa semana, el petróleo se disparó con el anuncio del bloqueo, luego se desplomó con la reapertura del estrecho, y los mercados festejaron como si la tendencia de dos días borrara cuarenta y cuatro jornadas de colapso. Pero el precio del pan no baila al ritmo del S&P 500. El precio del pan sube y se queda arriba. Lo mismo con el precio de la gasolina, el recibo de la luz, lo que alcanza a caber en la cesta del mercado. Y quien vive en Europa con un empleo que alguna vez pareció estable se pregunta hora si no será el momento de rebelarse o huir. Porque esa mirada huidiza no exagera: las seguridades vienen esfumándose una detrás de la otra.

Habló también del adelgazamiento de la seguridad social. Ya los subsidios no son sólo el chantaje que los políticos usan para obligar a seguir votándoles. Es que ya no alcanzan o ni siquiera están. Se puede trabajar en negro, se pueden pagar los impuestos, nadie parece creer que el esfuerzo, el sacrificio creciente, ofrezca recompensas proporcionales.

Otro tema, que se suma, son las amistades, el contacto social. No es sólo que los amigos de toda la vida sólo aparezcan en pantallas; es que las relaciones se están volviendo un trámite. La persona que me hablaba no me avisó que estaba en la ciudad. ¿Por qué? No lo sé, no le pregunté. Pero puede que temiera que le preguntara: ¿Cuál es el beneficio de vivir en ese primer mundo? ¿Acaso aquí no te sientes siquiera con una red de apoyo en caso de que tus planes no te salgan?

No voy a hablar más de esa persona. Tampoco de mí, faltaría más. Hagamos simplemente un inventario de seguridades perdidas, del 2020 hasta acá:

1. Seguridad material. El dinero, la capacidad adquisitiva. El sueldo entra y sale como el agua entre las manos. Lo que antes alcanzaba para llegar a fin de mes, ahora se escurre en la segunda semana. Y no hablo de lujos: hablo del alquiler, del mercado, de la gasolina. La inflación dejó de ser un titular para convertirse en una experiencia doméstica. La inflación ya no es un fantasma: es un vecino que se instaló sin pedir permiso. En Estados Unidos, las expectativas de inflación a un año saltaron al 3,4 %, el mayor aumento mensual en un año. En India, el primer ministro Modi declaró que la libertad de navegación en el Golfo Pérsico es «un imperativo de supervivencia». Traducción: si el estrecho de Ormuz se cierra, las refinerías indias no tienen qué procesar y millones de personas sienten el temblor en el precio del pan.

2. Seguridad social. Las relaciones y el contacto social. No es sólo que los amigos estén lejos. Es que cuesta llamarlos. Cuesta concertar una cita, sostener una conversación que no sea por mensaje de texto. Las pantallas nos prometieron conexión y nos entregaron simulacros, simulaciones. Y cuando la ansiedad aprieta, uno se repliega. Se vuelve una isla sin quererlo. ¿Cuántas personas queridas habrán pasado por nuestra ciudad sin avisar, simplemente porque ya no sabían cómo pedir ayuda? Las relaciones se adelgazan cuando la gente está demasiado ocupada sobreviviendo, cuando el trabajo precarizado se come el tiempo libre, cuando la ansiedad hace que uno se repliegue sobre sí mismo en lugar de salir al encuentro del otro. Las pantallas prometieron conexión y entregaron un sucedáneo.

3. Seguridad institucional. En las naciones con ejemplar bienestar, el Estado que prometía proteger está en retirada. Las ayudas se recortan, los subsidios se vuelven migajas, los trámites se multiplican. Y mientras tanto, las sillas en las salas de espera de las instituciones públicas siguen siendo insuficientes. Quien ha acompañado a un familiar a reclamar un medicamento lo sabe: la burocracia no está diseñada para cuidar, sino para reducir gastos y quejas. En países acostumbrados a confiar en la redistribución de los onerosos impuestos, el Estado que —proveía subsidios, ayudas, servicios— está retrocediendo. Se ve en los presupuestos que se recortan, en los programas sociales que se desmantelan, en la red de protección que se vuelve malla y después hilo y después nada; y en el creciente presupuesto militar, que promete producción sin fin.Por algo la guerra, que acelera este proceso.

4. Seguridad cultural/comunicacional. Millones de personas crecieron/crecimos creyendo que pertenecían/amos al bando correcto de la historia. Las democracias liberales eran el horizonte, el punto de llegada. Pero esta semana eso nuevamente se tambaleó. La líder más afín a Trump en Europa, Giorgia Meloni, rompió con él por sus ataques al Papa. Viktor Orbán, el alumno modelo del iliberalismo, perdió el poder tras dieciséis años después de haber sido fotografiado junto a JD Vance. La Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos —una institución que rara vez confronta al poder— tuvo que salir en defensa del Papa. Algo se está resquebrajando en el relato occidental, y no es un final feliz. El punto no es lo que hagan los “líderes”. Es que ya queda claro que no lideran en pro de quienes creyeron en sus promesas.

5. Seguridad ontológico-material. El proyecto de vida como fraude. Estudiar, esforzarse, emigrar si hacía falta, conseguir un empleo estable, ahorrar, tal vez formar una familia. Ese era el camino. Pero alguien cambió el mapa mientras caminábamos. Alguien cambió las preguntas que crímos tener ya las respuestas. Las decisiones que afectan nuestra vida —el bloqueo, la tregua, el precio del crudo, la inflación— se toman en un hotel vallado de Islamabad donde no fuimos invitados. Y una mañana cualquiera, uno se mira al espejo y se pregunta: ¿Esto es lo que llaman democracia? ¿El que hizo todo lo que le dijeron que hiciera? ¿Y eso para qué sirve? No es solo que el camino que nos enseñaron —estudia, esfuérzate, progresa— ya no funcione como antes. Es que la persona que creíamos que íbamos a ser recorriendo ese camino empieza a desdibujarse. Porque si las reglas del juego cambiaron sin avisar, ¿quién es uno ahora? ¿El que estudió para un mundo que ya no existe? ¿El que ahorró en una moneda que se devalúa? ¿El que creyó que la democracia protegía y ahora descubre que las decisiones que afectan su vida se toman en un hotel vallado de Islamabad donde no está invitado?

4. Después del café

Nos despedimos en la puerta. La llovizna habitual había cesado, pero el cielo seguía encapotado. Nos dimos un abrazo corto, casi diplomático. Como de “naciones heridas”, aunque por potencias diferentes. Vi cómo se alejaba calle abajo, con ese andar ligeramente encorvado que no le recordaba. Me quedé un rato en la puerta, mientras espera el carro pedido por aplicación.

En los días siguientes, ya solo, me descubrí haciéndome una pregunta incómoda: ¿su ansiedad se parece a la mía? No lo digo por comparar, ni por competir en desgracias. Al contrario. Lo digo porque, más allá del país donde uno viva, más allá del pasaporte que uno porte, este mundo loco parece empeñado en contagiarnos la misma inquietud. La diferencia es de grado, no de naturaleza. Él la lleva en la delgadez y en la mirada que se clava en el piso. Yo la llevo en el temor de escuchar que los bombardeos también pueden visitar mi aburrido barrio. También, en que aquí nadie está tranquilo, la desconfianza impera, qué mamera, si tan sólo pudieras darnos cuenta...

No sé si eso es empatía o es mero pánico. Dicen que la solidaridad y la paranoia tienen la capacidad de ser verdaderamente convincentes. El péndulo sigue yendo de un lado pal otro. Y mientras sepa que alguien cercano, querido y admirable, vive cosas similares a las que padezco en silencio cotidianamente, la tentación de sentir que no estoy para nada solo permanece activa. Quizás es lo único que nos queda cuando las certezas mediáticas se evaporan: mirarnos y reconocer que el otro también tiembla. No para hundirnos juntos, sino para saber que comparto aguas que llegan al cuello.

La guerra puede terminar mañana. Pero el péndulo seguirá oscilando. Y nosotros, mientras tanto, tendremos que aprender a sostenernos la mirada, comunicarnos. Porque es mentira que el mundo sea lo que pretendemos a través de las redes sociales. Nada de bajar la cabeza, menos pedir permiso.

Gracias por leer hasta aquí. Ojalá te animes a comentar, a preguntar, a buscar más palabras.

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