Resumen de la semana del 15 al 21 de marzo de 2026
Tercera semana de la guerra de agresión contra Irán
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A finales del siglo XIX, el sabio geógrafo Élisée Reclus escribió: "La imitación se confunde en muchas circunstancias con la ayuda mutua, que fue en el pasado, que es aún en nuestros días y que será en todos los tiempos el principal agente de progreso del hombre". Estas palabras abordan un tema presente en todo tiempo ("¿cómo sobrevivir(emos)?") y lo responden reiterando, a su manera, que sin mutua colaboración resulta poco probable progresar, prosperar o perpetuarse. En este sentido, podríamos decir que lo escrito por Reclus es una invitación a establecer alianzas, ¿no? Pero aquí la cuestión puede tornarse compleja, espinosa, implacable: ¿con quién aliarse? ¿Qué criterios usar al elegir aliados? No es una pregunta ingenua. Tampoco es nueva. Cada generación la ha formulado a su manera, en sus propios términos. Pero hay momentos en que la pregunta se vuelve urgente, cuando las certezas se desmoronan y los bandos se dibujan con líneas más gruesas de lo que quisiéramos. Esta semana —la tercera de marzo de 2026 y de la guerra de agresión contra Irán— fue uno de esos momentos.
¿Qué fue lo que pasó durante la semana?
Entre el domingo 15 y el sábado 21 de marzo de 2026, la guerra de agresión contra Irán —iniciada por Estados Unidos e Israel el 28 de febrero— entró en su tercera semana. Y ya no se parecía a la guerra relámpago que algunos habían pronosticado. El lunes 16, Rusia lanzó un ataque masivo contra Ucrania: 430 drones y decenas de misiles. Siete muertos, entre ellos cuatro en Kiev. Zelenski anunció que habían frustrado una ofensiva rusa, pero su tono era grave: el petróleo ruso se vendía a casi 100 dólares el barril, y la atención occidental comenzaba a desviarse hacia Medio Oriente. El martes 17, los rumores sobre la muerte de Netanyahu alcanzaron su punto álgido. El primer ministro israelí publicó un video junto al embajador Huckabee mostrando una tarjeta con nombres de líderes iraníes abatidos. "Hoy borré dos nombres", dijo. Pero la atención global no se centró en la amenaza, sino en el hecho de que la Inteligencia Artificial ya forma parte de las armas que usan en el actual conflicto. Es decir: en la guerra actual, la desinformación es un arma, y el poder de una imagen (o de su autenticidad) puede ser más devastadora que un misil. Ese mismo día, Israel anunció la muerte de Alí Larijani y Gholamreza Soleimani, altos comandantes iraníes. Irán lloró a sus mártires y prometió venganza. Y Trump, en una entrevista con el Financial Times, advirtió que si los aliados de la OTAN no ayudaban a reabrir el estrecho de Ormuz, el futuro de la alianza sería "muy malo". El miércoles 18 fue aún más crudo. En Gaza, el ejército israelí asaltó el hospital Al-Shifa, donde 2.300 personas —pacientes, médicos, desplazados— quedaron atrapadas. En Cisjordania, la ONU alertó sobre una posible "limpieza étnica": 36.000 palestinos desplazados en un año, 1.732 incidentes violentos de colonos. "Las autoridades israelíes desempeñan el papel central", dijo Volker Türk. Mientras tanto, Rusia lanzó otro ataque masivo contra Ucrania, y Ucrania respondió con su mayor ataque con drones contra Moscú, sirviéndose para ello el territorio de Polonia y los países bálticos. El jueves 19, la tensión se trasladó a la OTAN. Trump amenazó con suspender los envíos de armas a Ucrania si los europeos no se sumaban a la coalición para desbloquear el estrecho de Ormuz. Francia, Alemania, Reino Unido, Italia, Países Bajos y Japón emitieron un comunicado conjunto ofreciendo "contribuciones apropiadas", pero dejaron claro que no implicaría participación militar directa. Trump los llamó "cobardes".El Artículo 5 de la OTAN habla de apoyo en caso de agresión, no en caso de apoyar a un agresor. El viernes 20 fue el día más simbólico y más violento. Coincidía con el Nowruz, el año nuevo persa. Mientras los iraníes celebraban, Israel bombardeó Teherán. Netanyahu reconoció que actuó sin el consentimiento de Estados Unidos al atacar el complejo de gas de Asaluyeh (dos días atrás). En respuesta, Irán lanzó misiles y drones contra refinerías en Kuwait, Arabia Saudita, Catar, Israel y Dubái. El estrecho de Ormuz seguía cerrado. El precio del petróleo, contenido a la fuerza de declaraciones. Trump, en Truth Social, escribió: "¡Sin Estados Unidos, la OTAN ES UN TIGRE DE PAPEL!... ¡COBARDES, y lo RECORDAREMOS!" El sábado 21, el mundo amaneció con la imagen de refinerías ardiendo en medio del desierto y con la certeza de que la guerra no terminará pronto; y de que nadie, en esa región, resultará del todo inmune. Y también con una pregunta flotando: ¿de qué sirven las alianzas si, en el momento crítico, cada uno mira para su lado? Aunque, al parecer, siempre hay un “arriba” al que acudir...
"Son unos cobardes": palabras de un corazón herido
Trump no improvisaba cuando llamaba cobardes a los europeos. Había pedido barcos, misiles, soldados dispuestos a defender la causa (¿Cuál causa? ¿La de la democracia y las libertades? ¿La del colonialismo cínico? ¿La de la secta sionista? ¿La de la Coalición Epstein?). Y los europeos, después de semanas de titubeos, dijeron que no. No es nuestra guerra, argumentaron. La OTAN es defensiva, dijeron. No hay mandato de la ONU, recordaron. Pero Trump no escucha argumentos. Entendió que los suscriptores de su canal se estaban des-suscribiendo. Y por eso su furia fue tan personal: porque él (más que él, el gobierno de EEUU, sobre todo durante el mandato de Biden) había ayudado a Europa en Ucrania —con armas, con inteligencia, con dinero— y ahora, cuando pedía ayuda a cambio, recibía un comunicado tibio y promesas vagas. La pregunta, entonces, no es si Trump tiene razón o no. La pregunta es: ¿qué clase de alianza es aquella en la que cada parte espera que la otra ponga los cuerpos mientras ella pone solo el dinero, las armas, la narrativa? ¿Y qué clase de alianza es aquella en la que, cuando llega el momento de la verdad, los aliados se echan atrás, como quien reconsidera una decisión tomada? Europa calculó que el riesgo de involucrarse en el estrecho de Ormuz era mayor que el costo de enfadar a Trump. Calculó mal o bien, el tiempo lo dirá. Pero su cálculo reveló algo incómodo: en el fondo, los aliados nunca lo fueron del todo. Son “usuarios” comerciales con bases militares, no hermanos de sangre. También son, eso sí, cómplices. Y establecer alianzas prueba la lealtad de tus aliados, pero también la tuya propia.
Como en toda novela rusa, aquí Dios es un personaje participante
Dostoievski dijo que si Dios no existe, todo está permitido. En esta guerra, Dios existe, pero está en disputa, entre todos los bandos. Y eso también hace que haya quien crea que todo está permitido. Los colonos israelíes que expulsan a palestinos en Cisjordania no solo actúan movidos por el dinero o el poder. De preguntarles, contestarán convencidos que creen que la tierra les pertenece por mandato divino. Los evangélicos estadounidenses que apoyan a Trump creen que proteger a Israel es una profecía bíblica que garantizará su supremacismo ante pueblo cuyos nombres no saben pronunciar ni ubicar en un mapamundi. Los líderes iraníes hablan de "resistencia sagrada" y de "mártires". Netanyahu se presenta como el defensor del "pueblo elegido" contra la "amenaza existencial", mientras censura las imágenes de los ataques recibidos y desatiende las protestas de otros israelíes en su contra. ¿Qué pasaría si los grandes medios nos dijeran que EEUU es también una teocracia? Eso no pasará por ahora, al menos no de una forma realmente explícita. Mejor preguntarse si entre Trono y Altar hay, en EEUU, separación alguna; y, además, quién domina a quién. En Rusia, en China, al parecer, la política se impone sobre lo económico y sobre lo financiero, manteniendo buenas relaciones con la religión establecida. En EEUU, ¿acaso lo económico y, sobre todo, lo financiero no domina sobre lo político que, a su vez, domina sobre el ámbito religioso de la amplia población funcionalmente analfabeta de ese país?
¿Podemos hablar entonces de una "teología (geo)política"?
Podemos. Y debemos. Porque lo que ocurrió esta semana no se explica sólo con misiles, petróleo y intentos de negociación. Se explica con dos formas opuestas de entender la vida, la muerte, el sentido de esto que jactanciosamente llamamos realidad. Una, la que predomina en Occidente (y especialmente en Estados Unidos), podríamos llamarla teología de la inmanencia. Cree que el sentido está aquí, en este mundo, en el bienestar, en la seguridad, en la acumulación. La muerte es el fin, por eso se evita a toda costa. La vida se mide en años, en bienes, en experiencias. El sacrificio no tiene valor en sí mismo; es un costo que se minimiza, que se externaliza. Otra, la que predomina en Irán y en las resistencias chiíes, podríamos llamarla teología de la trascendencia. Cree que el sentido se juega en relación con algo más grande que uno mismo: la comunidad, la tierra, la fe, el más allá. La muerte se concibe como umbral, no como final o cierre. El sacrificio tiene valor: es la moneda de la redención de una entidad que va más allá de la mera individualidad. Ninguna es "mejor". Son distintas. Y el conflicto actual es, entre otras cosas, el choque entre estas dos formas de habitar el mundo. El problema es que la teología de la inmanencia no entiende por qué alguien estaría dispuesto a morir por una causa. Por eso subestima a Irán. Y la teología de la trascendencia no entiende por qué alguien se conformaría con una vida cómoda y sin riesgos. Por eso mira a Occidente con ojos de quien tiene que viviseccionar una criatura que no parece de este Reino. Y mientras, las bombas siguen cayendo.
Con esos amigos... para qué enemigos
El refrán popular dice: "Con esos amigos, para qué enemigos". Esta semana, los aliados de Estados Unidos —los europeos, los países del Golfo— se comportaron como amigos que, en el momento crítico, no están. Mejor dicho: no se comportaron como amigos ni como aliados, sino como palmeros que, de repente, no saben si están echando porras por quien se supone que habrá de triunfar. Los países del Golfo (Kuwait, Arabia Saudita, Catar, Emiratos Árabes) llevan décadas comprando armas estadounidenses, alojando bases, vendiendo petróleo a cambio de protección. Esta semana, Irán les recordó que esa protección no sirve cuando los misiles ya están en el aire. Sus refinerías ardieron. Sus ciudades temblaron. Y Estados Unidos, su "aliado", no pudo hacer nada para evitarlo. Y todavía Irán podría hacer más: recordarles que sus países yacen en el desierto, y sin desalinizanadoras, no tendrían agua potable. Pero hasta allí, al menos por ahora, no han llegado. Europa, por su parte, se negó a participar en el estrecho de Ormuz. No porque fuera pacifista, sino porque calculó que el costo de involucrarse era mayor que el costo de desobedecer. Por seguir las instrucciones/órdenes de Washington, han tenido que adaptarse a la escasez del combustible. Pero ahora que Trump los vuelve a insultar, quizá consideren seriamente la opción de transar con la República Islámica, para poder disponer del crudo que, de comprarlo a EEUU, les saldría más caro. Y Ucrania, el aliado más necesitado y arrastrado, descubrió esta semana que su guerra ya no es la prioridad. Zelenski ofreció ayuda con drones a Estados Unidos. Trump la rechazó. El petróleo ruso se vende más caro, cubriendo así las pérdidas de 4 años de guerra de desgaste. La atención global se desvía hacia Medio Oriente. Ucrania empieza a quedarse sola.
La tecnología habita en los nuevos templos
Si la teología es el discurso sobre Dios y sus criaturas, hoy las redes sociales son sus nuevas catedrales. Y los "seguidores"/followers, los nuevos feligreses. No es una metáfora. Los líderes políticos ya no gobiernan sobre ciudadanos; pastorean comunidades digitales que deciden creerles. Trump tiene las suyas. Netanyahu también. Los líderes iraníes también, aunque sus feligreses no estén en Instagram sino en las mezquitas y en las calles. Esta semana, esa lógica se vio con claridad. Netanyahu publicó videos para demostrar que estaba vivo, pero la atención se desvió hacia su mano con seis dedos, hacia la manga que se movía de forma imposible. Trump escribió en mayúsculas en Truth Social y sus decrecientes feligreses aplaudieron. Los europeos, en cambio, no tienen esa comunidad, por mucho que la pretendan. Por eso pueden decir "no es nuestra guerra" sin temor a ser excomulgados. No son pastores; son burócratas; o simplemente gente que, siguiendo su afán de lucro, ahora se ve ante la debacle de un modelo que, supuestamente, ya no tendría rival.
Cierre: ¿Se puede cambiar de alianza?
Esta semana dejó otra lección incómoda: las alianzas no son eternas. Se rompen, se desgastan, se transforman. Los aliados de ayer pueden ser los cobardes, los traidores de hoy. Los enemigos de hoy pueden ser los socios de mañana. Nadie recuerda ya el refrán que dice: “Nunca hagas ni todo el bien ni todo el mal a nadie: tu amigo puede resultar tu adversario, tu enemigo puede volverse tu aliado”. Europa cambió de alianza, en la práctica, sin decirlo. Ya no sigue a Estados Unidos a ciegas. Calcula, duda, se echa atrás. Los países del Golfo, si sobreviven, también cambiarán. Buscarán un acomodo con Irán, o con China, o con quien les garantice que sus refinerías no arderán otra vez. Ucrania, si no recibe la ayuda que necesita, tendrá que renegociar su lugar en el tablero, para garantizar no terminar despedazada y distribuida entre los países colindantes. Y nosotros, los lectores, los ciudadanos, los que miramos desde la comodidad de nuestras pantallas, también podemos cambiar de alianza. Podemos seguir siendo feligreses de la teología de la inmanencia —consumiendo, mirando hacia otro lado, confiando en que la guerra nunca nos alcanzará—. O podemos intentar habitar otra lógica: la de la ayuda mutua, la de la solidaridad sin seguidores, la de preguntarnos cada día con quién andamos y a dónde nos lleva. La de darnos la oportunidad de considerar que esta vida propia no es lo único que tenemos. Reclus creía que la ayuda mutua era el motor del progreso. Pero la ayuda mutua no es automática. Hay que elegirla. Hay que practicarla. Hay que sostenerla, como un acorde, en medio del ruido. Esta semana, la pregunta "¿con quién aliarse?" quedó abierta. La semana que viene, también. Quizá siempre esté abierta. Pero al menos ya sabemos que no es ingenua, que duele, que nos atraviesa. Y que, de nuestra respuesta —personal, colectiva, frágil— depende no sólo cómo terminemos, sino si terminamos.
Uffff se sigue calentando todo esto. Hermosas reflexiones acerca del papel de Dios en este caos. Gracias.