Resumen geopolítico de la semana del 19 al 25 de abril de 2026
1. El caos de la guerra sigue globalizándose
Hace unos meses, cuando empecé este registro, creía que la guerra de agresión de Estados Unidos contra Irán era parte de un conflicto regional con repercusiones globales. Esta semana entendí que me equivocaba. No es un conflicto con repercusiones globales: es parte de un conflicto global que tiene uno de sus escenarios en el Golfo Pérsico.
La diferencia no es de matiz. Si la guerra fuera regional, bastaría con seguir los movimientos de los buques en Ormuz y las negociaciones en Islamabad. Pero esta semana el péndulo no sólo osciló entre la amenaza y la tregua: se ramificó. Somalia amenazó con cerrar el paso a Israel por el Estrecho de Bab el-Mandeb. Una ofensiva yihadista coordinada en un frente de 1.500 kilómetros mató al ministro de Defensa de Malí. La Unión Europea (por una carta urgente enviada por el Consejo Internacional de Aeropuertos -ACI- dirigida a los comisarios europeos de Transportes y Energía) descubrió que sus aviones se quedarán sin combustible en tres semanas.
Llamemos a esto por su nombre: caos. Pero ¿qué significa exactamente? ¿Es el caos una hoja en blanco, un vacío de orden, o es más bien un orden que todavía no entendemos? Concebir el caos como una hoja en blanco cumple con una vieja definición de caos: Cuando no se sabe dónde queda arriba ni dónde queda abajo. Sin embargo, concebir el actual creciente caos como una hoja en blanco raya en una ingenuidad que, sin dejar de ser fiel representante de la ignorancia, tiene todas las credenciales de que goza la cómoda estupidez oligofrénica. En ese sentido, si de lo que hablamos es de una hoja, alguna vez en blanco, totalmente rayada, sin ni medio milímetro cuadrado en la que grabar algo que logre darle sentido a lo allí registrado, estaremos entonces acercándonos un poco más a lo que quisiera que quien me lea logre imaginarse. En otras palabras: ofrecer una representación "familiar" de lo que podemos entender como CAOS. De esta forma, vemos que, al hablar de caos, nos referimos no sólo a la incapacidad de, con los elementos disponibles, darle dirección y sentido a aquello que queremos dar por entendido. También puede ser una oportunidad: hay más hojas y queda tinta...
2. Toda guerra de agresión pretende tener una justa justificación
Desde el 28 de febrero, el gobierno de Donald Trump ha esgrimido no una, sino varias razones para justificar la agresión contra la República Islámica de Irán. Esta semana, revisándolas en frío, hice un inventario. No para burlarme —la guerra no es chistosa—, sino para entender qué es lo que nos han pedido que creamos.
Primero fue la protección de los manifestantes iraníes. Eso fue a inicios de año, después del secuestro del presidente de Venezuela. La guerra empezó, nos dijeron, para apoyar a quienes protestaban contra el "régimen de los ayatolás". Luego vino la amenaza nuclear, algo que el mismo Netanyahu viene cacareando desde hace más de 30 años. Después, la necesidad de responder a una agresión que, según Washington, era inminente e intolerable. Cuando esas razones se desgastaron, Trump pronunció su discurso del 1 de abril y enumeró cuatro objetivos claros: destruir los misiles, la marina, la fuerza aérea y la capacidad nuclear de Irán.
El problema es que esos objetivos, para el 19 de abril, ya estaban en buena medida cumplidos, según la versión de la realidad que Trump enarbolaba. Según él, la infraestructura nuclear estaba destruida. La marina iraní, diezmada. La fuerza aérea, incapacitada. Y sin embargo, la guerra continuó. Peor aún: cuando el Pentágono intentó demostrar que los objetivos no habían cambiado, necesitó publicar un documento con quince citas de distintos funcionarios repitiendo exactamente lo mismo. Quince. Quien tiene que demostrar que no cambió de opinión ya cambió de opinión.
Esta semana, el exdirector de la CIA David Petraeus lo dijo con una franqueza inusual: la campaña militar está "incompleta". Y añadió que, si el estrecho de Ormuz no se reabre, Irán podría "salir estratégicamente algo fortalecido aun estando militarmente debilitado". Traducción: ganamos todas las batallas, pero no sabemos esto de ganar una guerra: no se nos da desde la II Guerra Mundial. Y eso.
Antes de pasar al siguiente apartado, un detalle que nos será útil muy pronto: el domingo 19 de abril de 2026, Trump publicó en Truth Social: "Vamos a tumbar todas y cada una de las Plantas Eléctricas, y todos y cada uno de los Puentes, en Irán. NO MORE MR. NICE GUY!".
Conviene detenerse en esa frase. "No more Mr. Nice Guy": ya no seré el tipo amable. Uno podría preguntarse, con genuina curiosidad, para empezar: ¿cuándo lo ha sido, señor Presidente? ¿Qué es lo que entiende usted por amabilidad? ¿Bloquear puertos ajenos? ¿Insultar al Papa? ¿Amenazar con bombas a un país que acaba de sentarse a negociar?
Una segunda pregunta se desprende sola: ¿Cree usted, sr. presidente, que así —con esa frase de matón de barrio, con esa amenaza de tumbar puentes y plantas eléctricas— podrá finalmente aclararnos qué es lo que quiere para el pueblo al que representa? Porque a estas alturas, después de semanas de guerra, de decenas de miles de muertos, de un estrecho colapsado y de un planeta al borde de la crisis energética, los ciudadanos de Estados Unidos —y los del resto del mundo— seguimos sin saberlo.
Y puede que ese sea precisamente el punto. Que no haya un "qué" claro. Que sólo haya un "quién": los que se sientan a la mesa, y los que no; los que llaman por teléfono cuando la negociación se acerca a un acuerdo, y los que esperan afuera. El domingo 19, Trump nos dio una pista acerca de quién es quien realmente manda. Lo que no nos dijo —lo que quizá ni siquiera él sabe— es para qué.
3. La razón verdaderamente verdadera de verdad
Aquí tengo que pedir disculpas de antemano si lo que voy a decir hiere alguna susceptibilidad. Pero creo que es necesario decirlo, y decirlo con todas las letras.
La razón verdaderamente verdaderamente de verdad para esta guerra de agresión contra la República Islámica de Irán por parte de EEUU y la entidad sionista (con el apoyo tácito o explícito de los vasallos de siempre), es que no estamos ante una guerra, sino ante un acto de amor. Por favor, dejad que lo explique en pocas palabras: Cuando una raza se sabe superior, no está mal que asuma una actitud supremacista. Eso debería aparecer en todo libro de texto escolar, como aparece en cada libro de Yuval Harari. En segundo lugar, el amor viene de Dios, el Dios Único, ese que tiene acciones en la bolsa, depreda infantes y considera que Maquiavelo nunca fue realmente maquiavélico. En ese sentido, dado que se es más que los demás y que el Único lo confirma, por qué tener escrúpulos.
Ahora bien, el caso de la República de Irán es emblemático: Bien es sabido que Jamenéi desayunaba filete de bebé cada mañana; y que las mujeres son pasadas por el látigo cada viernes de descanso por sus maridos barbados, antes o después de la práctica de terrorismo doméstico habitual en un país como esos.
Para concluir: esto no es una guerra, es un favor, que el mundo civilizado que se autodenomina "americano", que se autodenomina "occidental" (sin serlo ni entenderlo) les ofrece a las masas que aún no han entendido que deben asumir como propio el destino de quien vive para cumplimentar objetivos definidos por seres que los superan en evolución y en carencia de melanina epidérmica.
4. Mientras tanto, el mundo
Más cosas pasaron durante esta semana. Por ejemplo:
En Somalia, el gobierno de Mogadiscio amenazó con cerrarle el paso a los buques israelíes por Bab el-Mandeb. ¿El motivo? Israel reconoció a la región separatista de Somalilandia, un territorio que ningún país ha nunca reconocido. Netanyahu quiso ganar un aliado en el Cuerno de África y ganó un enemigo en la entrada del Mar Rojo. La maniobra es un error de cálculo monumental: Bab el-Mandeb es, después de Ormuz, la otra gran arteria marítima de la región. Y ahora también está bajo amenaza.
En Líbano, la tregua se extendió tres semanas, pero Hezbolá la calificó de "carente de sentido". Las demoliciones de viviendas en el sur continúan. La "zona de seguridad" de diez kilómetros que Israel ocupa es una bomba de tiempo. Y los drones israelíes sobrevuelan Beirut mientras la diplomacia internacional finge que todo va bien. En redes sociales siguen encontrándose videos de los golpes que sufren a diario las fuerzas sionistas invasoras en el Sur del Líbano.
En Mali, el caos no acecha: atacó. El sábado 25, grupos yihadistas lanzaron una ofensiva coordinada en un frente de 1.500 kilómetros. Golpearon guarniciones militares en Bamako, Kati, Mopti, Gao y Kidal. El ministro de Defensa, Sadio Camara, murió tras sobrevivir un atentado con coche bomba contra su residencia y un tiroteo contra quienes atentaron contra su vida. La junta militar denunció que el ataque fue una "estrategia geopolítica" apoyada por actores externos.
¿Qué tiene que ver esto con el estrecho de Ormuz? Nada, directamente. Pero el caos, como indica el título de esta entrada, no sólo está al acecho. Está entrando en acción allí donde los recursos parecen esfumarse del control de sus históricos patrones coloniales. Sólo que ahora la situación es diferente. No estamos ante la "Batalla de Argel"Batalla de Argel, sino ante pueblos y territorios que tienen potencias emergentes a las que acudir, no sin desconfianza.
En América Latina, la guerra poco a poco también se siente. La inflación regional resurgió impulsada por el petróleo caro y los fertilizantes. En Bolivia, el presidente Rodrigo Paz perdió siete de las nueve gobernaciones; eso plantea la pregunta, a la derecha, que siempre se ha hecho la izquierda: ¿Conquistar la presidencia significa conquistar el poder nacional? En el Palacio de Miraflores, en Caracas, Gustavo Petro se reunió con Delcy Rodríguez para hablar de frontera, migración y comercio. Y el T-MEC entró formalmente en revisión: Washington presiona por reglas de origen más estrictas, mientras Canadá habla de "diversificar" para no depender tanto de su vecino.
En todas partes, si lo vemos desde una perspectiva de los medios occidentales, la conclusión es la misma: el caos se expande. Ya no se sabe dónde queda arriba, dónde queda abajo, quién es aliado, quien es rival. Y eso, amigos y amigas que me leen, ¿a quién puede convenirle?
5. La Corona del Caos
El caos no se puede gobernar. Es parte de su definición. Es como la definición de "Paraíso": en ninguna parte dice que realmente "puede existir". Pero el caos se puede aprovechar. Y esta semana vimos quiénes lo aprovechan y quiénes lo padecen.
El caos le sirve al que tiene más armas, al que tiene más información o, al menos, a quien presume mayor número de certezas. Pero, en estos tiempos, habría que decir que también sirve a quien sepa moverse en la incertidumbre. Por ahora: le sirve al que apuesta por la desestabilización de regiones enteras para quedarse con sus minerales; o al que negocia sin mandato real mientras sus barcos bloquean puertos ajenos. Pero el caos también se cobra víctimas imprevistas: un ministro de Defensa en Malí, un campesino sin fertilizantes en el Sahel, un migrante venezolano sin papeles en Chile, una familia libanesa que ve cómo le derriban la casa mientras el mundo discute los términos de una tregua. Y hasta ese broker en Wall Street, que se puso a vender lo que ya no había y ahora tendrá que gastar sus ahorros para pagar por la ilusión financiera de tener lo que ya no resulta accesible ni asequible.
La pregunta no es cómo evitar el caos —eso ya no es posible—, sino cómo evitar su contagio. Y aquí no tengo soluciones, solo una intuición. El contagio se evita con lo más básico: respeto, escucha mutua y una decisión firme de no recurrir al contacto físico ni cinético. Ser civilizados, quiero decir. Aclaro: el caos también contagia nuestras vidas personales, nuestra cotidianidad. Y así como está destruyendo los mercados internacionales, el sistema internacional de justicia y las certezas de quién es demócrata y quién autoritario, así pasa en nuestro interior. Por eso es importante, por no decir básico, que evitemos a toda costa este contagio. El contagio del caos se manifiesta, por ejemplo, en desconfianza. Desconfío del panadero que lleva diez años vendiendo el pan que yo como. Desconfío de mis amistades, de mis colegas, porque quisieran matarme para conseguir mi potencial prestigio. Desconfío de mis familiares, porque sé que siempre seré para ellos el patito feo. Etcétera.
Así vistas las cosas, la solidaridad o, al menos, la escucha respetuosa del otro/a es casi un lujo, una demostración de finura. Quizás esa sea la única vacuna disponible cuando el caos presuma que ya nos gobierna desde adentro.
El caos acecha, sí. Pero no es una fuerza de la naturaleza. Es el resultado de decisiones humanas. Y así como hay decisiones que lo desatan, tiene que haber decisiones que lo contengan.
Esta semana, en Islamabad, se tomó la decisión de no sentarse a la mesa. En Mogadiscio, se tomó la decisión de cerrar un estrecho. En Kati, alguien decidió poner un coche bomba. En Bruselas, los ministros de Transporte decidieron reunirse de urgencia porque se dieron cuenta de que los aviones europeos se quedan sin combustible. Todas decisiones humanas. Todas evitables, que buscan movilización.
Yo no sé si la intención agresiva contra Irán terminará mañana. Pero mientras tanto, prefiero pensar que todavía es posible siquiera llevar un registro de cómo el anglosionismo, sin consejo del enemigo, cava su propia tumba, llevando a ella a quienes se siguen presentando como los representantes de sus intereses, como quienes sueñan el sueño impuesto desde otro inconsciente....
Bastaría con decir: EEUU es tóxico, ese sí es el virus... Pero quizá muchos y muchas aún crean que allí hallarán lo que en sus países asumieron que no podría darse.
Da para pensar.
Gracias por leer hasta aquí. Con atención y calma leeré tus comentarios, que responderé sin falta. Abrazo.