El pasado sábado 11 de julio de 2026, el senador republicano Lindsey Graham falleció a los 71 años casi recién cumplidos, en su casa de Washington D.C., horas después de regresar del décimo viaje que hizo a Ucrania desde febrero de 2022. La oficina del médico forense del Distrito de Columbia determinó que la causa del deceso fue una disección aórtica, un desgarro en la pared de la arteria principal del cuerpo, relacionada con una enfermedad cardiovascular arteriosclerótica que había endurecido sus arterias.
Su fallecimiento se enmarca en una coyuntura internacional de máxima tensión. Ante tal coyuntura, este texto no se habrá de enfocar en las causas médicas —la disección aórtica que señala el informe forense— ni en los potenciales responsables y/o beneficiarios de esta muerte. La intención aquí es otra: reconstruir la trayectoria política de Lindsey Graham de forma que sirva como un prisma para observar y comprender las transformaciones del Partido Republicano en lo que va del siglo XXI, así como la evolución —o involución, según se mire— de la política exterior de Estados Unidos (eeuu) en un contexto de pérdida relativa de hegemonía global.
Lindsey Graham ofrece una trayectoria fértil para el análisis: fue, desde el triunfo de Donald Trump en 2016, uno de sus aliados más leales y cercanos en el Senado; sin embargo, no puede ser considerado un representante del movimiento maga (Make America Great Again), ese magma popular y nacionalista que ha constituido la base social del trumpismo. Tampoco encaja en el perfil del aislacionista que desconfía o desestima los compromisos militares en el extranjero. Graham fue, más bien, un hombre criado bajo los parámetros de la Guerra Fría, siempre convencido de que Estados Unidos debería liderar, militarmente de ser necesario, el orden mundial. En ese sentido, su muerte sugiere que la política exterior belicista de EEUU pierde uno de sus más entusiastas impulsores; y habría que ver si trae consigo un reacomodo de fuerzas, tanto al interior del Partido Republicano, como dentro del Congreso de EEUU, en el que la mayoría republicana pierde, con su ausencia, margen de acción.
1. ¿Quién fue Lindsey Graham?
Para comprender la relevancia de Lindsey Graham en la política estadounidense, es necesario rastrear su trayectoria desde sus orígenes en el Sur profundo (deep South estadounidense) hasta su consolidación como una de las voces más influyentes —y también más belicistas— del Senado y de la política exterior de EEUU. Lindsey Olin Graham nació en Central, condado de Pickens, en el estado de Carolina del Sur, el sábado 9 de julio de 1955. Creció en un entorno de clase trabajadora: sus padres, Florence James "F.J." Graham y Millie Graham, regentaban el Sanitary Café, un local que combinaba restaurante, bar y salón de billar en Central —y donde además, en la parte de atrás, vivía la familia entera—; su padre administraba, adicionalmente, una tienda de licores. Ese origen humilde se hizo aún más determinante cuando, siendo Graham estudiante universitario, su madre murió de un linfoma de Hodgkin ―un tipo de cáncer que se origina en los glóbulos blancos―; y, apenas quince meses después, su padre falleció de un infarto. Con sólo 22 años, Graham se convirtió en tutor legal de su hermana menor, Darline, entonces de 13 años, y más tarde la adoptó formalmente para que pudiera acceder a los beneficios médicos y militares que le correspondían como veterano. Fue, además, el primero de su familia en ir a la universidad.
Ese origen humilde, sin embargo, no lo acercó a las corrientes populistas que mucho más tarde encarnaría Trump; por el contrario, Graham se formó en la tradición "institucionalista" del Partido Republicano, la de los Nixon, los Ford y los Reagan. Pero, antes de llegar allá, fijémonos en lo que fue su carrera política. Su carrera se cimentó sobre dos pilares fundamentales. El primero fue su extenso servicio militar: abogado de la Fuerza Aérea, sirvió treinta y tres años entre el servicio activo, la Guardia Nacional Aérea de Carolina del Sur y la Reserva de la Fuerza Aérea, alcanzando el grado de coronel. Se alistó en 1982, recién graduado de la facultad de derecho de la Universidad de Carolina del Sur (tras un pregrado en psicología en 1977), y durante sus primeros años llamó la atención nacional al defender, como abogado de oficio, a un piloto acusado de consumo de drogas, en un caso que dejó al descubierto graves fallas en los procedimientos de pruebas antidopaje de la Fuerza Aérea —incluida la manipulación indebida de muestras que había llevado a la baja injusta de varios militares—; el episodio fue retratado por el programa 60 Minutes en 1984 y le valió una Medalla de Encomio de la Fuerza Aérea. Entre 1984 y 1988, Graham sirvió como fiscal principal de la Fuerza Aérea para delitos graves en toda Europa, con base en Rhein-Main, Alemania. Al concluir su servicio activo se incorporó a la Guardia Nacional Aérea de Carolina del Sur, y en esa condición fue activado en 1990 para apoyar, desde la base McEntire, a los militares que se preparaban para el despliegue en la Guerra del Golfo Pérsico.
Ya como senador, desde 2002, pasó los recesos del Congreso en misiones de corta duración en Irak y Afganistán, donde trabajó en temas de Estado de Derecho (“Rule of Law”) y reforma de las operaciones de detención; por su servicio como asesor legal superior durante la Operación Libertad Duradera en Afganistán, entre agosto de 2009 y julio de 2014, recibió una Estrella de Bronce. Se retiró definitivamente del servicio activo en junio de 2015, justo cuando anunciaba su candidatura a la presidencia.
El segundo pilar fue su carrera legislativa, que arrancó en el ámbito local: entre 1988 y su llegada al Congreso en 2002, Graham trabajó como fiscal adjunto del condado de Oconee (1988-1992) y como abogado municipal de Central (1990-1994), además de cumplir un único período en la Cámara de Representantes de Carolina del Sur (1992-1994). Elegido a la Cámara de Representantes federal en 1994, llegó al Senado en 2002, ocupando el escaño que durante décadas había pertenecido a Strom Thurmond, el legendario senador segregacionista que había sido la figura dominante de la política de Carolina del Sur durante casi medio siglo. Allí, Graham forjó una reputación como uno de los defensores más firmes de una política exterior intervencionista, siempre dispuesto a respaldar el despliegue militar estadounidense en cualquier rincón del planeta. Esa disposición belicista no fue un reflejo automático de su origen sureño, sino el resultado de dos factores convergentes. El primero fue estrictamente social: en el sur de Estados Unidos, especialmente para un joven de clase trabajadora como Graham, el ejército ofrecía la vía de ascenso más accesible: educación universitaria, carrera profesional y movilidad geográfica. Graham no eligió la Fuerza Aérea por patriotismo abstracto, sino porque era la opción concreta que tenía a mano para salir del pueblo. El segundo factor fue doctrinal: al alistarse en 1982, en plena administración Reagan, Graham se incorporó a unas fuerzas armadas que habían organizado toda su doctrina en torno a un solo adversario: la Unión Soviética. Su anticomunismo no fue una herencia del Sur segregacionista, sino una convicción adquirida en cuarteles y academias militares. La Guerra Fría no era para él una ideología, era el aire que respiraba en su trabajo diario. Ese marco se derrumbó en 1991, cuando la Unión Soviética se disolvió. Para Graham y toda una generación de oficiales formados en el anticomunismo, la desaparición del adversario dejó un vacío doctrinal. La década de 1990 fue, para esa tradición, una travesía en el desierto: las intervenciones en los Balcanes o Somalia carecían de la claridad moral y estratégica de la Guerra Fría, y el llamado 'dividendo de paz' —la reducción del gasto militar— era visto por ellos como un desperdicio del momento de máxima potencia estadounidense.
La respuesta organizada a ese malestar llegó en 1997, cuando un grupo de hombres —entre ellos Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz y John Bolton— fundó el Project for a New American Century (Proyecto para un Nuevo Siglo Americano, pnac). Su manifiesto reclamaba una doctrina de proyección de poder militar que, a su juicio, Estados Unidos había abandonado sin sustituirla. Muchos de esos hombres, sin embargo, no venían originalmente del Partido Republicano: eran herederos de los llamados 'Scoop Jackson Democrats', un círculo de demócratas anticomunistas y pro-Israel que migró hacia el republicanismo cuando el Partido Demócrata viró hacia posiciones más escépticas frente al poder militar. Eso explica por qué el intervencionismo nunca fue monopolio de un solo partido: Joe Lieberman, demócrata hasta el final, fue uno de los últimos representantes de ese linaje, y su alianza con John McCain y Lindsey Graham —ambos republicanos— no fue una excepción bipartidista, sino la continuidad de una corriente transversal que venía de los años setenta.
Graham llegó a la Cámara en 1994 y al Senado en 2002. Su llegada al Senado coincidió con el momento en que la tradición intervencionista, después de una década de vacío doctrinal, recuperaba un enemigo nítido: el terrorismo “islamista”, encarnado en Al Qaeda y, más tarde, en el Estado Islámico. El 11 de septiembre de 2001 no creó ese nuevo enfoque intervencionista, pero sí le dio una nueva misión y una urgencia renovada. Fue a partir de entonces, y no antes, que Graham se convirtió en una voz destacada de política exterior: sus giras militares a Irak y Afganistán, su defensa del aumento de tropas en 2007 y su cercanía con McCain datan de esa época. Graham no inventó la síntesis entre excepcionalismo americano, intervencionismo militar y 'paz mediante la fuerza'; la heredó de la generación Reagan-Bush, la ejerció durante la era Bush hijo y la sostuvo casi intacta durante los años de Obama, cuando se convirtió —junto con McCain— en la voz crítica más constante desde la derecha frente a lo que consideraban una retirada estratégica estadounidense en Siria, Libia y frente a Rusia.
La continuidad doctrinal de Graham hace aún más revelador su giro a partir de 2016. Durante las primarias republicanas, Graham fue uno de los críticos más feroces de Donald Trump, a quien acusó de representar todo lo contrario de su tradición: un aislacionismo transaccional, indiferente a las alianzas y hostil a los compromisos militares de largo plazo. Sin embargo, una vez Trump estuvo instalado en la Casa Blanca, Graham se convirtió en uno de sus aliados más leales. Ese viraje no fue una capitulación ideológica, sino una estrategia de permanencia: Graham entendió que la única forma de mantener viva su tradición dentro de un partido que ya no la profesaba de manera unánime era operar desde dentro de la coalición trumpista, no desde fuera de ella.
Su trayectoria personal —crítico acérrimo primero, aliado incondicional después, siempre halcón— funciona como una síntesis de lo que le ocurrió al ala intervencionista del Partido Republicano en su conjunto. No desapareció con la llegada de Trump, pero tuvo que renegociar los términos de su supervivencia: aceptar la lealtad personal al líder del partido a cambio de conservar influencia real en los temas que más le importaban. Graham fue leal a Trump, pero nunca se volvió MAGA en el sentido aislacionista del término. Fue, más bien, la prueba viviente de que ambas almas —la nacionalista-populista y la intervencionista-militar— podían convivir dentro de una misma coalición, incluso si nunca llegaron a fusionarse del todo.
2. Graham y las guerras en curso
Es probable que la muerte de un belicista no resulte muy relevante en tiempos de paz. Para demostrar este aserto, habría que preguntarse si la muerte de Lindsey Graham merecería nuestra atención y la redacción de este análisis si Estados Unidos no estuviera participando activamente en al menos dos frentes de guerra: en Ucrania, apoyando a Zelenski; y en el Golfo Pérsico, encabezando una guerra de agresión contra la República Islámica de Irán. Sin embargo, eso no despejaría del todo la cuestión de por qué detenerse a reconstruir la trayectoria de Graham, ya que, en tiempos de guerra, resultarían más dignos de análisis —y de preocupación— los/as belicistas que siguen vivos/as. Vistas así las cosas, quizá la cuestión que deberíamos abordar no sería tanto cuán belicista era Graham ni cómo impacta su muerte en el ímpetu belicista de aquellos políticos occidentales —desde Washington y Kiev hasta Tel Aviv y Bruselas—. Más bien, habremos de indagar cuáles fueron sus “aportes” a los actuales conflictos bélicos; y, para ello, identificaremos primero la participación de Graham en el conflicto ucraniano —el escenario donde invirtió mayor capital político y donde su ausencia se hará sentir con mayor inmediatez— para luego observar su papel en la guerra de agresión contra Irán, el otro frente donde su muerte dejó un vacío en el momento más delicado de las negociaciones.
2.1 Posición de Graham frente a la guerra en Ucrania
Se suele dar por sentado en la prensa corporativa occidental que el inicio de la guerra en Ucrania fue el 24 de febrero de 2022, cuando las tropas rusas cruzaron la frontera en lo que Moscú denominó "Operación Militar Especial". Pero esa cronología, cómoda para una narrativa que presenta a Rusia como el único agresor y a Ucrania como una víctima pasiva, borra ocho años de violencia que son imprescindibles tener en cuenta para entender el conflicto en toda su dimensión.
La guerra en Ucrania —y contra la población rusohablante del este del país— comenzó en realidad en 2014, tras el derrocamiento del presidente democráticamente electo Víktor Yanukóvich en lo que muchos observadores dentro y fuera de ese país calificaron como golpe de Estado. El nuevo gobierno surgido de las violentas protestas del Maidán abrió la puerta a grupos de ultraderecha —como Sector Derecho (Práviy Séctor - Пра́вий се́ктор) y los seguidores de Stepán Bandera (criminal de la Segunda Guerra Mundial que sirvió a los nazis)— que habían sido la fuerza de choque de las protestas y que, una vez en el poder, pasaron a ocupar posiciones de influencia en el nuevo gobierno. No fue un proceso espontáneo y allí la presencia occidental, más que accidental, fue visible y decisiva. En diciembre de 2013 y enero de 2014, el senador John McCain —viejo amigo y socio de Graham— y la entonces secretaria de Estado adjunta para Asuntos Europeos del gobierno de Barack Hussein Obama, Victoria Nuland, visitaron Kiev para apoyar a los manifestantes. Nuland, en particular, fue fotografiada repartiendo galletas y pan en el Maidán, mientras que en una conversación telefónica filtrada se la escuchaba discutiendo quién debía ocupar el cargo de primer ministro, en lo que muchos interpretaron como una injerencia directa en los asuntos internos de Ucrania y un abierto desprecio por los “líderes” de la Unión Europea. Los óblast (o departamentos, diríamos en Colombia) del este de Ucrania, de mayoría rusohablante y culturalmente cercanos a Rusia, se opusieron al nuevo gobierno ilegítimo y declararon su independencia, desencadenando una rotunda respuesta militar de Kiev que, según estimaciones, causó al menos 14.000 muertos entre 2014 y 2022. La primera visita de Graham a Ucrania no se produjo en 2022, sino casi dos décadas antes. En el verano de 2004, entonces en su primer mandato en el Senado, Graham viajó a Kiev junto a su amigo John McCain, en una delegación que tenía como telón de fondo las elecciones presidenciales que desembocarían en la "Revolución Naranja". (NOTA AL PIE 1: Esta Revolución Naranja fue, como su nombre ya lo sugiere, una ‘revolución de colores’ (eufemismo para ‘operación de cambio de régimen’) que tuvo lugar en Ucrania a finales de 2004 y comienzos de 2005; y que condujo a que el banquero Víktor Yushchenko terminara asumiendo como presidente del país.)) Graham, por entonces, era un senador bisoño que observaba desde la barrera, pero el viaje sembró una relación que se profundizaría con los años.
Para 2024, dos décadas después de su primera visita a Ucrania, Graham expresó en la Conferencia de Seguridad de Múnich, de forma diáfana, su postura frente a Ucrania y su entusiasmo por la continuidad de ese conflicto bélico: "Mientras ayudemos a Ucrania con las armas que necesita y el apoyo económico, lucharán hasta el último ucraniano. Es un gran negocio para Estados Unidos. Ni un solo estadounidense está muriendo. Estamos ayudando a Ucrania a destruir el ejército ruso".
Esa ominosa expresión—"hasta el último ucraniano"— era ya para entonces un lugar común en las declaraciones de los líderes occidentales, aunque no fuera acuñada por Graham. Pero en sus labios adquiría un peso específico: la celebraba como un buen negocio. Graham, pues, no veía Ucrania como un fin en sí mismo, sino como un teatro de operaciones donde se dirimía, a bajo costo para Washington, la contención de Rusia. Su ausencia, en ese sentido, no sólo priva a Kiev de un defensor influyente, sino que elimina una de las pocas voces capaces de presionar desde dentro de la coalición trumpista para mantener el flujo de armas y sanciones. Y esa pérdida se vuelve aún más significativa cuando se observa el otro frente de guerra en el que Graham había invertido su capital político —y donde su muerte también deja un vacío—: la guerra de agresión contra la República Islámica de Irán.
2.2 Graham frente a la guerra de agresión contra Irán
El hecho de que Graham no tuviera un papel protagónico en el estallido de la guerra de agresión contra Irán —en el sentido de no haber sido su promotor o arquitecto principal— no significa que no estuviera implicado. Su rol fue, más bien, el de un facilitador de alto nivel: por una parte, recordándole a Donald Trump que la guerra es el gran negocio y que atacar a Irán no iba a ser la excepción; por otra, reuniéndose con Benjamin Netanyahu para instruirlo acerca de cómo presionar al presidente de Estados Unidos para que accediera a tal ataque injustificado. Valga aclarar que no se quiere decir con esto que Donald Trump fue víctima de manipulación y carece de responsabilidad. Nada de eso. Él, como presidente de EEUU, es el principal responsable de los crímenes que se han cometido contra la República Islámica de Irán. Dicho esto, sigamos.
La guerra de agresión contra Irán, anunciada con bombo y platillo el 28 de febrero de 2026 bajo el nombre de "Operación Furia Épica" (Operation Epic Fury), no fue, sin embargo, el éxito previsto de antemano. Irán, con sus 90 millones de habitantes, su condición de potencia gasística mundial, su capacidad para cerrar el estrecho de Ormuz (con lo que puede asfixiar económicamente a sus agresores), su importante arsenal misilístico y su experiencia en el uso de drones, ha demostrado que no es un adversario que pueda ser derrotado con un ataque quirúrgico. La reanudación de las hostilidades el pasado 13 de julio de 2026 —con bombardeos estadounidenses sobre territorio iraní y el cierre total del estrecho de Ormuz— es la prueba de que la guerra de agresión contra Irán no ha logrado sus objetivos y que Washington está atrapado en un conflicto que parece no tener fin; o, al menos, una resolución que favorezca los intereses de quienes la comenzaron. Así vistas las cosas, con la muerte de Graham, Trump se ha quedado sin una voz que le insista que, pese a lo ocurrido, la guerra de agresión contra Irán le reportará grandes beneficios. Pero Trump, en realidad, no parece requerir ya a Graham para ignorar una realidad que el propio conflicto ha demostrado: mientras Irán controle el estrecho de Ormuz, y mientras la diplomacia estadounidense firme acuerdos que luego incumple —o que son tan vagos que permiten interpretaciones contradictorias—, la opción de la fuerza bruta se convierte, a un mismo tiempo, en la única vía posible y en el recurso cada vez menos efectivo. Graham murió sin ver cómo la guerra de agresión que ayudó a desencadenar se transformó en un dilema sin salida para el presidente al que convenció de lanzarla. El gran negocio no parece que dará prontos ni generosos beneficios; más bien lo contrario, dado que la opción de la fuerza militar es, precisamente, la que mayor inversión requiere.
3. La guerra es el negocio, socio (¿en serio?)
Para entender lo que realmente está en juego en el belicismo contemporáneo, quizá no haya mejor guía que las palabras del general Smedley Butler. En 1935, tras 33 años de servicio en el Cuerpo de Marines —y convertido en el marine más condecorado de la historia de Estados Unidos—, Butler publicó un libro titulado War is a Racket. ((NOTA AL PIE 2: 2 “War is a Racket” puede traducirse al español como “La guerra es un latrocinio”, entendiendo por latrocinio: “Acción propia de un ladrón o de quien defrauda a alguien gravemente”. Por cierto, este libro, traducido al español, está disponible en la plataforma archive.org)). Así comenzaba:
"La guerra es un latrocinio. Siempre lo ha sido. Es posiblemente el más viejo, sobradamente el más provechoso, seguramente el más vicioso. Es el único de alcance internacional. Aquel en el cual los beneficios se cuentan en dólares y las pérdidas en vidas. [...] Solamente un pequeño grupo 'interno' sabe de qué se trata. Es dirigido para el beneficio de muy pocos, a expensas de muchos. Por la guerra un pequeño número de personas hace enormes fortunas."
¿Qué diría Butler hoy, con el estrecho de Ormuz cerrado a causa de la agresión contra Irán, las reservas estratégicas de petróleo de Estados Unidos en su nivel más bajo desde 1983 y los políticos occidentales insistiendo con que no hay mejor negocio que la guerra? Probablemente diría lo mismo que en 1935: que toda guerra es un latrocinio; que unos pocos se benefician mientras la mayoría paga el precio; y que los discursos sobre "libertad" y "defensa de la democracia" son las actuales envolturas de ese perverso negocio. La diferencia es que, en 2026, tal latrocinio ya no necesita ocultarse. Graham lo dejó muy claro, al referirse a la guerra en Ucrania como "el dinero mejor gastado" o al afirmar que atacar a Irán “es una oportunidad para hacer una tonelada de dinero". Al parecer, ya no hay necesidad de vestir el negocio con el ropaje de la civilización o la democracia. Y, en ese sentido, habría también que llamar a los políticos belicistas por su nombre: mercaderes de muerte, mafiosos inescrupulosos sin más convicciones que el afán de incesante lucro, seres despreciables que no merecen nuestra más mínima confianza ni consideración. Si la vida de Lindsey Olin Graham, más que su muerte, nos deja esa enseñanza, para algo habrá servido escribir este modesto texto.