Resumen de la semana del 5 al 11 de abril de 2026
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La noticia de la semana del 5 al 11 de abril de 2026 fue, sin duda, el acuerdo alcanzado entre Estados Unidos e Irán para cesar las agresiones militares directas entre sí. Después de cuarenta días de bombardeos ininterrumpidos, de amenazas de aniquilación nuclear, de un rescate fallido en Isfahán que resultó siendo, más bien, una película de acción mal hecha, las dos partes aceptaron comunicarse en Islamabad y pactar un alto el fuego de dos semanas. Es una tregua frágil, contradictoria, interpretada de manera opuesta por cada bando, pero era, al menos, una pausa en la caída de misiles.
Como era de esperarse, Israel no tardó en incumplirla. Al día siguiente del anuncio, sus aviones bombardearon indiscriminadamente objetivos civiles en Líbano, matando a más de 200 personas en una sola jornada. El gobierno de Netanyahu dejó claro que no se consideraba vinculado por el acuerdo. La brutal violencia continuó, como si nada hubiera cambiado.
Pero algo sí cambió. Algo se reacomodó. No en el sentido de que la agresión o la defensa frente a ella hayan cesado —no ha sido así—, sino en el de que la guerra entró en una fase distinta. La pelea ya no es ahora con misiles y bombas. Ha pasado a ser con barcos, con bloqueos, con monedas, con narrativas. Y esa transformación, por ahora imperceptible para muchos, es lo que al repasar esta semana buscamos registrar.
1. El origen: una agresión no provocada
Esta guerra no empezó por un accidente ni por un malentendido. Comenzó con una brutal e injustificada agresión de un grupo de países liderados por Estados Unidos contra la República Islámica de Irán. No hubo un ataque previo de Irán que lo justificara. No hubo una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que lo autorizara. Hubo, en cambio, una decisión unilateral de Washington y Tel Aviv. Y esa decisión fue tomada por quienes ven la guerra no como un último recurso, sino como una "inversión": una forma de asegurar influencia, recursos y posición estratégica en una región clave del mundo. En síntesis, al referirnos a esta confrontación podemos caracterizarla justamente como guerra de agresión con fines de lucro.
2. La agresión como inversión
Hablar de "inversión" en el contexto de una guerra puede sonar cínico, además de ser verdaderamente repugnante. Pero es la palabra exacta. Quienes promovieron esta agresión lo han concebido todo como una cuenta de costos y beneficios. Calcularon cuánto costaría bombardear, cuánto se podría ganar con el control (o el caos) de Irán, cuánto podría golpearse al rival chino y al adversario ruso al desestabilizar a su aliado islámico más útil. Calcularon también que el precio a pagar —en vidas, en dinero, en estabilidad— sería inferior a los beneficios que se obtendrían. El problema de este tipo de cálculos no se sólo que se basan en la exclusión de lo más importante: las víctimas civiles, los niños muertos en las escuelas de Minab, los desplazados en Líbano, la angustia de una población sometida a bombardeos diarios. También, que es una contabilidad cuya moral no entiende de humanidad, de derecho internacional o de honestidad, solo de profit, de beneficio económico, control de rutas comerciales y recursos que sirvan como colateral para seguir aceitando la maquinaria financiera.
3. Cuando la agresión cambia de forma, la defensa también se reajusta
Lo que caracteriza a esta semana —del 5 al 11 de abril de 2026— es un cambio cualitativo en la dinámica del conflicto. Después de un pico de tensión extrema (alcanzado el martes 7 de abril, a menos de hora y media de cumplido el plazo impuesto por el ultimátum declarado por Trump contra Irán), cuando muchos temieron (con razón) que Estados Unidos pudiera recurrir a su arsenal nuclear contra Irán, se llegó a un acuerdo de alto el fuego entre Washington y Teherán. Pero ese acuerdo no significa el fin de la agresión ni el fin de la defensa. Significa un reajuste.
La agresión, entonces, cambió de forma. Ya no vino en forma de misiles, drones o bombardeos masivos contra la población civil. Vino, en cambio, con otras armas: las financieras (bloqueo de activos, sanciones renovadas) y las comerciales (bloqueo naval anunciado). Estados Unidos declaró que bloquearía los puertos iraníes, impidiendo la entrada y salida de mercancías. Algo como una lógica del espejo: "Para deshacer el bloqueo iraní, bloquearemos a Irán". Algo que parece sugerir que EEUU está copiando las tácticas de su rival agredido.
Frente a este reajuste, la defensa iraní también se adaptó. No sólo mantuvo cerrado el estrecho de Ormuz a los buques de países agresores y sus aliados, sino que desplegó fuerzas navales —lanchas rápidas y minisubmarinos— que Trump, en múltiples ocasiones, ha dado por completamente destruidas. La guerra no ha terminado. Sólo ha entrado en una fase distinta, menos visible pero no menos letal.
4. El reajuste del consenso interno
Cuando la dinámica de la agresión se reajusta, también se reajusta el consenso que cada bando busca establecer (o imponer) en su interior. En Estados Unidos, Trump necesita mantener a sus votantes convencidos de que la guerra ha sido un éxito, a pesar de que los objetivos han cambiado por lo menos tres veces en seis semanas. Necesita que la inflación —provocada en parte por el cierre del estrecho— no se le escape de las manos de cara a las elecciones de mitad de mandato. Necesita que sus "aliados" europeos, que se negaron a participar, no aprovechen la tregua para distanciarse aún más o, incluso, acercarse peligrosamente a China o pactar condiciones aparte con Irán.
En Irán, el reajuste del consenso implica demostrar que la "resistencia" no es una consigna vacía, sino una estrategia viable. Que el país puede soportar un mes y medio de bombardeos, un bloqueo naval y una crisis económica, y aún así mantener el estrecho cerrado y la moral alta. Que el sacrificio tiene sentido. Lo destacable aquí, entre otras cosas, es que, al hacerlo, está también dando un ejemplo a otros países y pueblos, que conocen lo que es ser agredido por la potencia norteamericana.
5. Un punto caliente en una larga trayectoria de agresiones
Esta fase armada del conflicto —que algunos ya llaman la "guerra de los 40 días"— no puede entenderse como un acontecimiento aislado. Es un punto caliente en una larga trayectoria de agresiones que Estados Unidos y sus aliados-vasallos vienen infligiendo contra la República Islámica de Irán desde el triunfo de la revolución en 1979: desde el apoyo a Irak durante la guerra de 1980-1988, las sanciones económicas, los asesinatos de científicos nucleares y el sabotaje cibernético (Stuxnet), hasta la designación del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) como organización terrorista, la lista sigue.
Teniendo en cuenta la pretensión y extensión de este texto, no se trata de reconstruir esa historia de más de 47 años. Se trata, en cambio, de caracterizar lo mejor posible esta fase específica, con información fidedigna y verificable que hemos ido colectando, organizando y analizando. No escribimos para periodistas ni para historiadores, particularmente. Escribimos sobre todo para quienes, desde el barrio, intentan entender qué está pasando en el mundo y por qué les puede afectar.
6. Balance provisional de la guerra (28 de febrero - 7 de abril de 2026)
Antes de adentrarnos en los acontecimientos de esta semana, conviene hacer un alto y preguntarse: ¿qué ha dejado esta guerra hasta ahora?
a) Víctimas y destrucción estratégica
Decir que hubo "muchas víctimas" es quedarse corto. En Gaza, los muertos acumulados desde octubre de 2023 superan mínimo los 72.000; en Líbano, más de 1.400 desde el 2 de marzo; en Irán, el gobierno reporta más de 2.000 civiles fallecidos en los bombardeos. Los daños en infraestructura —centrales eléctricas, plantas de agua, hospitales, escuelas— son incalculables. Israel y Estados Unidos han atacado sistemáticamente la capacidad civil de Irán, con acciones que calificamos como crímenes de guerra, según lo que estipula el Derecho Internacional. Y no es una exageración retórica: es la conclusión de organismos de derechos humanos y relatores de la ONU.
b) Arsenales desplegados y costos
Irán ha lanzado miles de drones y cientos de misiles balísticos. Estados Unidos e Israel han respondido con oleadas de bombardeos que involucran cazas, bombarderos y misiles de crucero; y no son pocas las defensas antiaéreas que ha tenido que usar, siendo bastante más costosas que los misiles o drones de los que se han defendido. Los costos son astronómicos. Fuentes no oficiales estiman que la guerra está costando sólo a Estados Unidos más de 2.000 millones de dólares por semana, sin contar el impacto en el precio del petróleo, los fertilizantes y hasta en la reputación de invencibilidad. Hacer el conteo para la parte iraní es más difícil, por el poco acceso que hay a tales datos; pero una estimación realista podría señalar que Irán, por semana, no ha gastado ni la décima parte de lo que ha gastado sólo Estados Unidos en armas usadas durante el conflicto.
c) La situación en el estrecho de Ormuz
El 27 de febrero de 2026, la víspera del inicio de la guerra, el estrecho de Ormuz estaba abierto. Los buques pasaban (unos 140 al día, en promedio), el petróleo fluía, los precios eran estables. Un mes después, el estrecho sigue efectivamente cerrado para los países aliados de Estados Unidos. El tráfico marítimo es una fracción de lo que era. Los precios del petróleo se han disparado y la inflación golpea a economías que hasta hace poco se creían a salvo. En el Sudeste Asiático, Filipinas, Tailandia y Vietnam ya han comenzado a racionar combustibles. La crisis energética es global y amenaza con convertirse en crisis alimentaria en los próximos meses.
d) Las narrativas enfrentadas
Cada bando ha construido su propio relato. Estados Unidos, y en particular Donald Trump, ha hablado de "victoria", de "misión cumplida", de destrucción de amenazas enemigas y de descabezamiento del liderazgo iraní. Sin embargo, Irán no parece estar actuando como si careciera de cabeza; más bien lo contrario. Y ha mantenido lo que desde el comienzo ha sido claro y evidente: “Nos estamos defendiendo”, sin por ello llegar a atacar población civil inocente en los territorios de los países que se han prestado para facilitar la agresión estadounidense. Además, la “narrativa” iraní no ha sido sólo gubernamental; se ha expresado también en las calles y en videos en los que, usando la estética y el estilo LEGO, reinterpretan el triunfalismo del agresor y ponen en vergüenzas a sus líderes y comandantes. En ese sentido, Irán no ha dejado de justificar sus reacciones como “legítima defensa”. En el caso del bando agresor, al menos 3 veces, en 40 días, las razones para tal agresión han variado sustancialmente.
e) El nivel de caos sembrado
El caos, como dijimos en el resumen de la cuarta semana, no es una consecuencia involuntaria de la guerra. Es, en muchos casos, el objetivo: impedir que cualquier orden alternativo al dominio estadounidense pueda consolidarse. Pero el caos, una vez liberado, no respeta fronteras. Las consecuencias económicas y humanitarias de esta guerra se sentirán durante años, incluso si los bombardeos cesan mañana.
El caos puede ser incluso deseable siempre y cuando ocurra lejos, muy lejos. Pero en un mundo aún globalizado, el caos causado en Medio Oriente (incluyendo la debacle de Dubai y Abu Dabi) pasará el factura al mundo entero. Es sólo cuestión de tiempo. Y eso nos permitirá ver, más adelante, quiénes se han preparado para superar o mitigar las acciones del imperio estadounidense al tratar de negar su avanzada decadencia.
7. El balance de la semana (5 al 11 de abril): el reajuste
Si tuviéramos que resumir esta semana en una palabra, esa palabra sería reajuste. La agresión cambió de forma; la defensa se adaptó. El consenso interno de cada bando se puso a prueba. Las instituciones internacionales —la ONU, el Consejo de Seguridad— quedaron relegadas a un papel secundario, mientras Pakistán, Turquía y Egipto actuaban como mediadores. Trump amenazó con "aniquilar" Irán, pero extendió el ultimátum cuatro veces. Irán presentó un plan de 10 puntos, fue aceptado como punto de partida, luego violado en la práctica, pero mantuvo la ficción de la negociación con el agresor.
Cierre: ¿Ha sido solo una agresión contra Irán?
No. Ha sido una guerra contra el derecho internacional y, en ese sentido, contra la humanidad. No es casualidad que la guerra de agresión haya sido definida, desde las conclusiones de los Tribunales de Núremberg, como el primer eslabón de los crímenes que actualmente se definen como “de lesa humanidad” (contra la dignidad humana). La ONU no ha podido detener los bombardeos. Es más, ni siquiera su Secretario General, hasta este punto, ha tenido el coraje o la deferencia de decir algo en defensa de los principios que él presume defender. El Consejo de Seguridad no ha podido imponer un alto el fuego. Los aliados europeos de Estados Unidos se han negado a participar, pero tampoco han condenado la agresión. El derecho internacional, tantas veces invocado, ha sido un decorado más.
En este vacío, Pakistán —un país con sus propias crisis internas, con una guerra abierta en su frontera con Afganistán— se ha erigido como mediador central. No es un síntoma menor. Es un síntoma de que el orden mundial está cambiando; y de que los actores tradicionales ya no pueden dar por sentada su influencia.
Esta guerra es también una guerra interna de Trump. Una guerra por mantener a sus votantes convencidos de que la "calma y la normalidad" que le exigen son compatibles con la amenaza constante de una guerra nuclear. Una guerra por demostrar que puede "dominar" a Irán sin hundir la economía estadounidense. Una guerra por demostrar una vez más un supremacismo que la sola imagen de Trump parece desmentir. Una guerra por seguir siendo el protagonista de su propia película, aunque en realidad, con tanto cambio en el guion, termine confundiendo a los espectadores.
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