Siete días que no fueron noticia (pero importante tenerlos en cuenta)
Resumen de la semana del 1 al 7 de marzo de 2026
I.
En el hemisferio norte, los calendarios marcan el acercamiento de la primavera. En Washington, los cerezos preparan su estallido rosa. En Madrid, las primeras hojas tímidas asoman en la Castellana. En Teherán, el Nowruz —el año nuevo persa— se acerca con sus mesas llenas de comida y de símbolos: el espejo, el pez, las velas, los siete elementos que empiezan con sin.
Pero los misiles no entienden de primaveras.
El 1 de marzo de 2026, mientras en el norte la tierra se preparaba para dar frutos, en Asia Occidental la tierra temblaba por otras razones. La "Operación Furia Épica" —nombre que parece sacado de un videojuego— había comenzado el día anterior. Y sin embargo —y esto es lo que este relato quiere contar—, la vida seguía empeñada en florecer. No escribimos para informar. Eso ya lo hacen las agencias, con su lenguaje de acero y neutralidad fingida. Escribimos para situar: para decir desde dónde miramos, con quién nos paramos, qué preguntas nos hacemos. Porque lo que ocurre en Teherán, en Gaza, en Kabul, en Caracas, no es "regional": es humano. Y nos interpela.
II. La pedagogía silenciosa
Durante la primera semana de marzo, mientras los medios occidentales mostraban gráficos de misiles y expertos discutían la "proporcionalidad" de la respuesta, algo ocurría en las sombras de la historia. Irán resistía. No sólo resistía militarmente —que también—. Resistía existencialmente. Cada amanecer en Teherán sin bandera estadounidense era un mensaje. Cada comunicado del nuevo líder, una declaración. Cada mártir, una herida que es mejor no ver cuando el mundo se aprecia a través de una pantalla, mientras se espera a que llegue el domicilio pedido vía UberEats, o Didi o alguna plataforma de esas. Pero desde el Sur Global, muchos miraban. Y aprendían. Aprendían que se puede enfrentar al Imperio. Que el poder omnímodo no es, de hecho, omnímodo. Que tiene límites. Que esos límites los pone la resistencia. Y que si a este lado nos atraviesa el miedo, en su lado las cosas no pintan mejores. El 3 de marzo, cuando Irán atacó objetivos en Dubái, Riad y Catar, la noticia fue tratada como "escalada". Pero para millones de personas en países que han sufrido décadas de injerencia estadounidense, la lectura era otra: mira, alguien les está respondiendo. Mira, no todo está perdido. Les mataron a su máximo líder y ahí siguen dando pelea. Esa pedagogía silenciosa —la de un país que lleva milenios existiendo y sabe que los imperios pasan— es quizás el legado más profundo de esta guerra. No se enseña en escuelas de negocios ni en think tanks ni en programas de doctorado financiados por la Fundación Rockefeller. Se aprende en la calle, en las mezquitas, en los mercados, en el tinto o el té compartido mientras las bombas caen lejos.
III. Dos formas de morir
El 4 de marzo, Irán elevó la cifra de muertos a 1.045 personas. El gobierno de EE.UU. reportó 2.000 ataques realizados. Seis ciudadanos estadounidenses habían muerto. Los números son fríos. Pero detrás de ellos hay dos formas radicalmente distintas de entender la muerte. Una —la del Imperio— entiende la muerte como fracaso. Como aquello que debe ser evitado a toda costa en los propios, pero infligido masivamente en los otros. Que de la muerte no quede ni el más mínimo aroma. La muerte como estadística, como daño colateral, como algo que ocurre "allí" para que no ocurra "aquí". Es la muerte que no se nombra en los discursos de guerra, aunque se produzca a escala industrial. La otra —la de quien ha vivido milenios— entiende la muerte como umbral. Como parte de un ciclo que no empieza ni termina en el individuo. Como testimonio —morir por algo, morir en algo. Como ofrenda que no es derrota porque la vida es colectiva, es la del pueblo que pervive y continúa. El 5 de marzo, un portavoz militar israelí declaró: "Cada día seguimos desestabilizando más y más al régimen, profundizando el daño hasta que se elimine la amenaza existencial". No entendía que, para quien concibe la muerte como umbral, la "amenaza" no es el régimen: es la desaparición del pueblo. Y eso no se elimina con bombas ni con propagandas ni con promesas de comodidad material. Esta incomprensión —este abismo entre dos escatologías— es el verdadero motor del conflicto. Mientras un bando calcula y disimula bajas, a la espera de una rendición enemiga que no se entiende por qué no llega, el otro sigue r-existiendo.
IV. La incertidumbre normalizada
El 6 de marzo, los mercados estadounidenses perdieron 2,2 billones de dólares (eso es un dos con doce ceros siguiéndole). El petróleo Brent superó los 85 dólares por barril. De inmediato, los precios de la gasolina y el diésel reflejaron ese aumento en todo el mundo. Sin embargo, en la parte del planeta que se identifica como "occidental", la incertidumbre se ha normalizado. No es algo que se combata: es el aire que se respira. El sistema necesita que consumas ahora, no que pienses en el futuro. El "cliente" —ya no ciudadano, ya no persona— es la figura suprema: su satisfacción inmediata es el único horizonte. No hay plan B si el imperio cae, porque nunca se pensó más allá del corto plazo. La incertidumbre no se combate: se naturaliza. Y entonces ocurre algo terrible: cuando el Imperio se enfrenta a alguien que sí tiene proyecto milenario, que sí ha pensado el largo plazo, que sí está dispuesto a morir por algo, el Imperio no sabe qué hacer. Sus armas son poderosas, pero su imaginación es paupérrima. Su capacidad de destrucción es enorme, su capacidad de comprensión es mínima. Su empatía imposible. El cliente no entiende al mártir. Y en esa incomprensión se está jugando algo crucial.
V. La decisión de un puñado
El 4 de marzo, el Senado de EE.UU. rechazó una moción para limitar los poderes de Donald Trump para librar la guerra contra Irán. Los demócratas argumentaron que Trump había pasado por encima del Congreso de manera inconstitucional. Pero la moción fue rechazada. Esta catástrofe —con sus miles de muertos, sus heridos, sus desplazados, sus traumas que durarán generaciones— no es el resultado de fuerzas históricas impersonales. No es "la geopolítica", no es "el devenir del capital". Es, en su origen inmediato, la decisión de un puñado de humanos. Menos de diez personas, según diversas fuentes, convencieron a la undécima, que es quien pone la cara ante las cámaras y ofrece el show. Y esa undécima dio la orden. Y el resto —los 8.000 millones— no fuimos preguntados. Nunca antes tan pocos habían tenido tanto poder sobre tantos. Hoy, un tipo en un Despacho Oval puede, en minutos, desatar una cadena de destrucción que alcanza cualquier rincón del planeta. Y lo hace sin pedir permiso. Sin consultar. Sin que los representantes de esos 8.000 millones —ni siquiera los más de 300 millones de su propio país— tengan ocasión de opinar. ¿Se creen titiriteros? ¿O están tan desconectados que confunden la realidad con un videojuego? Ambas son posibles. Y ambas son igualmente aterradoras. Igual, algo fundamental se ha roto: la capacidad de ver al otro como otro, no como pieza. Deshumanización en tiempo real, para quienes creían que tal sustantivo era sólo abstracto. Y eso por no hablar del “orden internacional”: verdadera entelequia útil sólo para alentar tesis de doctorado. Y entonces surge la pregunta más incómoda: si son tan pocos, si son tan visibles, si sus decisiones son tan públicas... ¿por qué nadie los detiene?
VI. El octavo pecado capital
El 6 de marzo, mientras los misiles caían sobre Teherán, mientras los desplazados en Líbano superaban los 58.000, mientras el petróleo se disparaba y los mercados temblaban... Miles de millones de personas, con acceso a información, con capacidad de organizarse, con herramientas para incidir, siguieron con sus vidas. Trabajaron. Comieron. Cagaron. Durmieron. Discutieron en redes. Se indignaron por cosas pequeñas. Y al día siguiente, repitieron. Esta comodidad —este privilegio de poder mirar la guerra desde fuera, como quien mira un documental mientras cena— es quizás el fenómeno más subestimado de nuestro tiempo. No es la pereza, que simplemente no hace. No es la gula, que consume sin medida. No es el orgullo, que se cree superior. Es algo más sutil y más devastador: La comodidad es el pecado que sabe y elige no moverse.
Sabe que hay guerra. Sabe que hay muertos. Sabe que hay desplazados. Sabe que un puñado de humanos decidió todo esto. Sabe que podría hacer algo —pequeño, grande, simbólico, colectivo— pero elige la comodidad de la pantalla, del ingenioso tweet, del merecido Me Gusta, del indignado Compartir... Y lo más terrible: no es que no le importe. Es que le importa, pero le importa más su comodidad. Por eso merece ser llamado el octavo pecado capital. Porque los siete tradicionales tienen pasión: quien los comete, desea algo con intensidad. La comodidad, en cambio, es fría, yerma, frígida. No desea: prefiere no desear. No busca: prefiere no buscar. No arriesga: prefiere la seguridad. Es el pecado de quienes ya lograron garantizarse lo mínimo suficiente y por eso no necesitan moverse. Y en un mundo donde otros no tienen nada, donde otros son bombardeados, donde otros huyen, ese "no necesito moverme" se vuelve cómplice, por más que a veces requiera publicar algún mensaje para que otros en similar situación reconozcan que no se es tan cínico. Además, entraña una ignorancia consciente o una pretensión imposible: creer que mi mundo y el de quienes la pasan mal nunca se tocarán. Creer que nunca me tocará pasar por lo que las pantallas me muestran. El mundo es una vitrina, yo un lastimero consumidor que se rompe el lomo de lunes a viernes para poder verlo desde afuera. Pero la comodidad también destruye al cómodo. Atrofia la capacidad de sentir. Anestesia la voluntad. Aísla. Hace creer que el mundo es ese espacio climatizado, no el que arde afuera. El cómodo no sólo deja que el mundo se destruya: se destruye a sí mismo. Acepta ser cliente en lugar de un ciudadano, cambiando derechos y deberes por descuentos y puntos acumulados. Pero, ¿si el Imperio cae? ¿A dónde ir?
VII. Acercándose la primavera
El 7 de marzo, mientras la semana terminaba y los titulares seguían girando, algo más ocurría en silencio. En los campos de refugiados, los niños seguían naciendo. En las mezquitas, la gente seguía rezando. En los mercados, los comerciantes seguían vendiendo. En las casas, las madres seguían enseñando a sus hijos. La vida, empeñada en florecer. La primavera se acerca. No sólo en el calendario. Es la primavera de lo que brota a pesar de todo. De lo que resiste sin aspavientos. De lo que sigue incluso cuando la banda sonora incluye estallidos y misiles de fondo. Si algo enseñan estos siete días es que el futuro no está escrito. Y que, aunque todo parezca oscuro, siempre hay quien enciende una vela. La primavera se acerca. Hay árboles que no superarán este invierno. Habrá otros que, quizá de las raíces, de un rayito tierno de sol o de un sorbo de agua, logren germinar los tallos de un ciclo nuevo.